propiamente dicho. El sosiego que llega a todos nosotros tras la tribulación —para mí, un sosiego en vida; para otros, ¡cuántas veces un sosiego tan solo en la tumba!— es el punto final que debe cerrar esta autobiografía: un final sereno, natural y sin grandes acontecimientos; pero que tal vez no carezca de toda enseñanza y valor. ¿Corresponde acaso que me empeñe, por aras del efectismo, en urdir una conclusión y termine mediante la ficción lo que comenzó, y hasta aquí ha avanzado, en aras de la verdad? Por el bien del Arte, tanto como por el bien de la Realidad, ¡desde luego que no! > > Cuanto reste por relatar después de la última anotación de mi diario se hallará expresado de la forma más sencilla y, por tanto, mejor, a través de las cartas de William y Mary Penhale que le adjunto con esta. Cuando volví a Cornualles para visitar al buen minero y a su esposa, descubrí, a raíz de las indagaciones que hice sobre el pasado, que aún conservaban las cartas que habían escrito acerca de mí mientras yacía enfermo en Treen. Les pedí permiso para sacar copias de ambos documentos, pues contenían materiales que difícilmente podría aportar con mis propios recursos para rellenar un vacío en mi historia. Accedieron de inmediato, manifestándome que siempre habían guardado las cartas del otro tras el matrimonio, con tanto celo como las habían guardado antes, en prenda de que su afecto primero había permanecido inalterado hasta el final. Al mismo tiempo me suplicaron, con la más sincera sencillez, que puliera sus expresiones pueblerinas y las convirtiera, según decían, en una lectura apropiada. De más está imaginar que me guardé muy mucho de hacer tal cosa; y estoy seguro de
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Carta III
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