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V. El invierno

quien confíe?

—Como no has del todo matado mi curiosidad —dijo Clara, sonriendo—, sino que me has dado una pequeña esperanza con la que alimentarme por el presente, creo que, mujer como soy, puedo prometer todo lo que deseas.

Hablando en serio, Basil —prosiguió—, ese medallón tuyo que todo lo delata ha alegrado tan gratamente algunos pensamientos muy sombríos que tenía sobre ti, que ahora puedo vivir feliz a base de expectativas, sin volver a mencionar tu secreto ni una sola vez, hasta que me des permiso para hacerlo.

Aquí entró mi padre en la habitación, y no dijimos más. Su trato hacia mí no había cambiado desde la cena; y siguió siendo el mismo durante la semana que duró mi estancia en la Mansión.

Una mañana, cuando estábamos a solas, tomé valor y decidí tantear un poco el peligroso terreno, con miras a guiarme en el futuro; pero apenas había empezado con alguna referencia a mi estancia en Londres y alguna disculpa al respecto, cuando me detuvo de inmediato.

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