¡Mannion! Era un extrañísimo resultado de la enfermedad mental que padecía el que, a pesar de que el pensamiento de Mannion se hallaba ya inextricablemente ligado a cada pensamiento sobre Margaret, ni una sola vez me preguntara, ni se me ocurriera preguntarme, durante días enteros tras mi convalecencia, cuál había sido el desenlace de nuestra lucha para él.
En la desesperación de despertar por fin a la plena conciencia de la calamidad que se había abatido sobre mí por mano de mi esposa —en la miseria de lograr por fin conectar con claridad, tras los devaneos del delirio, a la Margaret a la que con mi mano había entregado todo mi corazón, con la Margaret que había hollado tal presente y arruinado al donante—, todos los pensamientos y sentimientos secundarios, todos los móviles de curiosidad vengativa o de temor personal quedaron suprimidos.
Y sin embargo, no tardaría en llegar el momento en que aquel olvidado afán por averiguar el destino de Mannion se convertiría en la única idea fija que me dominaba, la idea que devolvió la agudeza a mi intelecto y la virilidad a mi corazón.
Una noche estaba sentado a solas en mi habitación. Mi padre había sacado a Clara a tomar un poco de aire y ejercicio, y el criado se había marchado por deseo mío. Fue en esta quietud y soledad, cuando la oscuridad se acercaba rápidamente, cuando la vista desde mi ventana era de la mayor desolación, cuando mi mente se iba haciendo apática y confusa a medida que el fatigoso día se consumía; fue exactamente en este momento cuando el pensamiento cruzó súbita y misteriosamente por mi mente: ¿Habían recogido de las piedras sobre las que lo había precipitado a Mannion, vivo o muerto?
Instintivamente me puse en pie con algo del vigor de mi salud anterior; repitiéndome la pregunta a mí mismo; y sintiendo, mientras