“Pero el caso no podría darse; me asombra que puedas imaginarlo posible. Ya te lo he dicho, soy mayor de edad”.
—Muy bien instado—muy bien, desde luego. Pero también me dijo usted, si mal no recuerdo, cuando tuve el gusto de verle por primera vez, que su padre, de enterarse de este enlace, no se detendría ante nada para oponerse—ante nada—, recuerdo que dijo usted eso.
Ahora bien, sabiendo esto, querido amigo—aunque tengo la mayor confianza en su honor y en su firmeza para cumplir con su compromiso—no puedo tener confianza en que esté usted preparado de antemano para oponerse a todo lo que su padre pudiera hacer si nos descubriera; porque ni usted mismo puede saber por dónde nos saldrá, ni qué clase de influencia podría ejercer sobre usted.
Este tipo de lío no es muy probable, dirá usted; pero si llega a ser posible de algún modo—y hay un año por delante para que lo sea—, ¡válgame Dios, hombre!, tengo que prevenir los accidentes por el bien de mi hija—¡de verdad que sí!
—¡Por el amor de Dios, señor Sherwin, pase por alto todas estas imposibles dificultades suyas! Y déjeme oír lo que finalmente tiene que proponer.
“¡Con calma, querido caballero!, ¡con calma, con calma, con calma! Propongo empezar por lo siguiente: que usted se case con mi hija —que se case con ella en secreto— dentro de una semana. ¡Ahora, le ruego que se serene!” (Yo lo miraba con mudo asombro). “¡Tómelo con calma; le ruego que se lo tome con calma! Suponiendo, pues, que se case con ella de este modo, pongo una sola condición. Le exijo que me dé su palabra de honor de dejarla en la puerta de la iglesia y de no intentar verla, durante el espacio de un año, excepto en presencia de una tercera persona. Al cabo de ese tiempo, me comprometo a entregársela como su esposa, tanto de hecho como de nombre. ¡Bien! ¿Qué me dice a eso, eh?”