Hizo una pausa antes de responderme y puso su mano sobre su corazón. Luego subió suavemente la ropa de cama hasta ocultarle el rostro.
—Sí, está dormida —dijo con gravedad—; dormida para no despertar jamás. Ha muerto.
Aparté la cabeza en silencio, pues mis pensamientos, en aquel momento, no eran de los que pueden ser expresados de hombre a hombre.
—Ha sido una escena triste para cualquiera a tu edad —prosiguió con amabilidad, al tiempo que se apartaba de la cabecera de la cama—, pero la has soportado bien. Me alegra ver que puedes comportarte con tanta calma bajo una prueba tan dura.
¿Con calma?
¡Sí! En aquel momento era justo que estuviera tranquilo; pues podía recordar que la había perdonado.