Así, una vez más, siempre lograba disminuir la larga lista de aquellas míseras afrentas y ofensas que desempeñan un papel tan importante en el drama social de la vida campestre. Era una perfecta Apóstol andante de la orden de la Reconciliación; y dondequiera que iba, expulsaba al demonio de la Morbosidad de todos sus bastiones—tanto en los altos como en los humildes por igual. Nuestro buen rector solía llamarla su Vicario Voluntario; y declaraba que predicaba, con una palabra oportuna o una mirada persuasiva, los mejores sermones prácticos sobre las bendiciones de hacer la paz que jamás se hubieran compuesto.
Con toda esta infatigable bondad, con toda esta resuelta laboriosidad en la tarea de hacer feliz a todo el que se le acercaba, se mezclaba una influencia indescriptible que la preservaba invariablemente de la presunción, incluso de la gente más presumida. Nunca conocí a nadie tan atrevido —ni de palabra ni de obra— como para tomarse libertades con ella. Había algo en ella que inspiraba respeto además de amor. Mi padre, siguiendo la inclinación de sus peculiares y favoritas ideas, siempre pensó que era la mirada de su casta en sus ojos, el ascendiente de su raza en sus modales.