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XII

Sherwin intercambiaba comentarios sobre el tiempo con el sacristán (un hombre alto y enjuto, ataviado con una toga negra), me senté en silencio, cerca de la señora Sherwin y Margaret, mirando con atención mecánica las sobrepellices blancas que colgaban ante mí en un armario entreabierto, la botella de agua y el vaso, y los libros alargados, encuadernados en cuero marrón, que estaban sobre la mesa. Era incapaz de hablar —incapaz incluso de pensar— durante aquel intervalo de espera.

Por fin llegó el clérigo y entramos en la iglesia⁠—la iglesia, con su desolada hilera de bancos vacíos y su atmósfera fría, pesada, de día laborable. Al alinearnos en torno al altar, la confusión invadía todas mis facultades. Mi conciencia del lugar en el que me hallaba, e incluso de la ceremonia en la que participaba, se volvía más y más vaga y dudosa a cada minuto. Mi atención divagó durante todo el servicio. Tartamudeé y cometí errores al pronunciar las respuestas. Una o dos veces me descubrí sintiéndome impaciente ante el lento avance de la ceremonia⁠—parecía el doble, el triple de larga que su

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