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IX

Londres despertaba por todas partes a la actividad matutina, mientras yo atravesaba sus calles.

Se estaban quitando los barrotes de las ventanas de las tabernas: ¡los vampiros de la bebida que chupan la vida de Londres abrían los ojos a primera hora para buscar por doquier la presa del nuevo día!

Pequeñas tiendas de tabaco y ultramarinos en barrios pobres; sucios figones que exhalaban un vaho de olor grasiento y mostraban una hoja del periódico de ayer, manchada y llena de excrementos de mosca, colgada en los escaparates, ya ejercían, o se disponían a ejercer, su comercio diario.

  • Aquí, un obrero, tarde para su trabajo, se apresuraba al pasar;
  • allá, un anciano apuesto salía a dar su paseo matutino antes de desayunar.

Ahora un carro de mercado, ya descargado, me adelantaba de regreso al campo; ahora, un carruaje cargado de equipaje y que transportaba a gente pálida y con aspecto adormilado, traqueteaba al pasar, rumbo al tren o al barco de vapor de la mañana.

Vi la poderosa vitalidad de la gran ciudad renovándose en todas direcciones; y sentí un interés inusual ante el espectáculo. Era como si todas las cosas, por todas partes, reflejasen ante mí el aspecto de mi propio corazón.

Pero la quietud y el sopor de la noche aún pendían sobre Hollyoake Square. Aquel sombrío vecindario parecía reivindicar su sombría naturaleza al ser el último en despertar siquiera a un simulacro de actividad y vida.

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