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V. El invierno

Me hallaba sentado frente a Clara, junto a la chimenea, y jugaba con un perro predilecto que me había seguido hasta la habitación. Mientras me inclinaba hacia el animal, un medallón que contenía algo del cabello de Margaret se salió de su lugar en mi chaleco y pendió hacia mi hermana por el cordón que lo sujetaba a mi cuello. Lo oculté al instante de nuevo; pero no antes de que Clara, con la presteza propia de una mujer, hubiera descubierto la alhaja como algo nuevo y sacado la deducción correcta sobre el uso al que la destinaba.

Una expresión de sorpresa y placer cruzó por su rostro; se levantó y, poniendo las manos sobre mis hombros, como para retenerme en el sitio que ocupaba, me miró fijamente.

—¡Basil! —exclamó ella—, si ese es todo el secreto que nos has estado ocultando, ¡cuánto me alegro! Cuando veo que sale un nuevo medallón del chaleco de mi hermano —continuó, al notar que yo estaba demasiado confuso para hablar—, y cuando lo descubro ruborizándose muchísimo y escondiéndolo de nuevo a toda prisa, no sería una verdadera mujer si no hiciera mis propias deducciones y empezara a hablar de ellas en seguida.

Hice un esfuerzo —muy torpe— por restarle importancia al asunto. Su expresión se volvió seria y reflexiva, mientras seguía clavando los ojos en mí. Me tomó la mano con suavidad y me susurró al oído: «¿Vas a casarte, Basil? ¿Querré a mi nueva hermana casi tanto como te quiero a ti?».

At that moment the servant came in with tea. The interruption gave me a minute for consideration. Should I tell her all? Impulse answered, yes⁠—reflection, no. If I disclosed my real situation, I knew that I must introduce Clara to Margaret. This would necessitate taking her privately to Mr. Sherwin’s house, and exposing to her the humiliating terms of

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