puede llegar a formarse una idea, me dirijo a usted a propósito del acto de atrocidad cometido por ese canalla perjuro, Mannion. Comprobará que tanto mi inocente hija como yo hemos sido, al igual que usted, víctimas del engaño más diabólico que jamás se haya practicado contra personas respetables y confiadas. > > Permítame que le pida, señor, que imagine el estado de mis sentimientos en la noche de aquella infortunada fiesta, cuando vi a mi amada Margarita, en vez de volver a casa tranquilamente como de costumbre, irrumpir en la estancia en un estado rayano en el desvarío, con el relato más horrible que jamás haya llegado a los oídos de un padre. El bellaco de doble cara (en verdad no puedo volver a mencionar su nombre) había intentado, me sonroja reconocerlo, aprovecharse de su inocencia y de su confianza —de todas nuestras inocencias y confianzas, por decirlo así—, pero mi querida Margarita demostró un valor virtuoso superior a sus años, fruto natural de los principios piadosos y de la crianza moral que le he proporcionado desde la cuna. ¿Hace falta que diga cuál fue el desenlace? La virtud triunfó, como la virtud siempre hace, y el villano la dejó en paz. Fue cuando se aproximaba al umbral para volar al regazo de su hogar cuando, según tengo entendido, usted, por un accidente de lo más notable, se cruzó con ella. Como hombre de mundo, comprenderá fácilmente cuáles debieron de ser los sentimientos de una joven bajo circunstancias tan peculiares y escandalosas. Además de esto, sus maneras, según se me informa, fueron tan aterradoras y extraordinarias, y mi pobre Margarita sintió con tanta fuerza que las apariencias engañosas podían volverse en su contra, que perdió todo el ánimo y huyó al instante, como dije antes,
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