fuera mayor, tuviera siempre preparado el importe del billete antes de que se lo pidieran, para evitar retrasos innecesarios. Una vez que hubo impartido este buen consejo, comenzó a tararear, marcando el compás con los golpes de su grueso bastón de malaca. Todavía continuaba con esta diversión —produciendo algunos de los sonidos más agudamente antimusicales que jamás he oído— cuando el ómnibus se detuvo para dar entrada a dos señoras. La primera en subir fue una persona mayor —pálida y abatida—, evidentemente de salud delicada. La segunda era una joven.
Entre los mecanismos de la vida oculta en nuestro interior que podemos experimentar pero no explicar, ¿hay alguno más notable que esas misteriosas influencias morales que un ser humano ejerce constantemente sobre otro, ya sea de atracción o de repulsión?
En los asuntos más sencillos, así como en los más importantes de la vida, ¡cuán sorprendente, cuán irresistible es su poder!
- ¡Con qué frecuencia sentimos y sabemos, ya sea con agrado o con dolor, que alguien nos está mirando, antes de haber comprobado el hecho con nuestros propios ojos!
- ¡Con qué frecuencia nos profetizamos a nosotros mismos con acierto la llegada de un amigo o un enemigo, justo antes de que cualquiera de ellos haya aparecido en realidad!
- ¡Cuán extraña y repentinamente nos convencemos, en una primera presentación, de que en secreto amaremos a esta persona y aberraremos de aquella, antes de que la experiencia nos haya guiado con un solo dato en relación con sus caracteres!
He dicho que los dos pasajeros adicionales que subieron al vehículo en el que iba eran, una de ellos, una anciana; la otra, una muchacha joven.