“Entonces supongo que no habrá objeción a que vea a la señorita Sherwin ahora”.
—Ninguna en absoluto; ahora mismo, si le parece. Por aquí, mi querido caballero; por aquí —y me condujo a través del pasillo hasta el comedor.
Este apartamento estaba amueblado con menos lujo, pero con más mal gusto (si cabe) que la habitación que acabábamos de dejar.
Cerca de la ventana estaba sentada Margarita; era la misma ventana en la que la había visto, la tarde en que vagué por la plaza, después de nuestro encuentro en el ómnibus. La jaula con el canario colgaba en el mismo sitio.
Me di cuenta de repente —con una sorpresa momentánea— de que la señora Sherwin estaba sentada muy lejos de su hija, al otro extremo de la habitación; y luego me coloqué al lado de Margarita.
Iba vestida de amarillo pálido, un color que otorgaba un nuevo esplendor a su tez morena y a su magnífico cabello oscuro. Una vez más, todas mis dudas, todos mis reproches hacia mí mismo se desvanecieron y dieron paso a la exquisita sensación de felicidad, al fulgor de alegría, esperanza y amor que pareció inundar mi corazón en el momento en que la miré.
Después de quedarse en la habitación unos cinco minutos, el señor Sherwin le susurró algo a su mujer y nos dejó. La señora Sherwin seguía en su sitio; pero no decía nada y apenas se volvía a mirarnos más de una o dos veces. Tal vez estuviera ocupada con sus propios pensamientos; tal vez, por un motivo de delicadeza, se abstenía incluso de aparentar que vigilaba a su hija o que me vigilaba a mí.