¡Mannion! Jamás había sospechado que la nota que me enseñaron en North Villa pudiera haber venido de él.
Y, sin embargo, el secretismo con el que había sido entregada; la persona a quien iba dirigida; el misterio vinculado a ella incluso ante los ojos del criado, todo apuntaba al descubrimiento que yo no había sabido hacer, de un modo tan incomprensible.
¡Había permitido que una carta, que bien podía contener la prueba escrita de su culpa, fuera llevada, ante mis propias narices, a Margaret Sherwin!
¿Cómo se habían cegado así mis percepciones de un modo tan extrañamente desconcertante?
La confusión de mi memoria, la apatía incapaz de todas mis facultades respondían a la pregunta con demasiada presteza, por sí mismas.
“¡Robert Mannion!” No pude apartar los ojos de ese nombre: aún sostenía ante mí las líneas abigarradas y de apretada caligrafía de su letra, y demoraba su lectura. Algo del horror que la presencia del propio hombre me habría inspirado era provocado por el mero hecho de ver su carta, y una carta dirigida a mí. La venganza que mis propias manos se habrían cobrado con él era, de entre todos los hombres, el más seguro de devolver. Tal vez, en estas líneas, el oscuro porvenir por el que habrían de transcurrir su camino y el mío ya se perfilara en sombras. ¡Margaret también! ¿Podía escribir tanto y no escribir acerca de ella?, ¿no revelar el misterio en el que aún se ocultaban los motivos de su crimen? Volví a la primera página y me dispuse a leer la carta. Comenzaba de manera abrupta en los siguientes términos:—