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III

“¿Tiene usted algo más que decirme?”

Ante la repetición de aquella terrible pregunta, me desplomé en la silla que tenía a mi lado y me cubrí el rostro con las manos.

Sin darme cuenta de cómo hablaba ni de por qué hablaba; sin albergar esperanza alguna en mí misma ni en él; sin más motivo que el de invocar y soportar toda la pena de mi desgracia, revelé entonces la mísera historia de mi matrimonio y de todo lo que le siguió.

No recuerdo nada de las palabras que empleé, ni de lo que aduje en mi propia defensa. La sensación de aturdimiento y opresión se hizo cada vez más pesada y agobiante en mi cerebro; hablé de manera cada vez más rápida, confusa e inconsciente, hasta que el sonido de la voz de mi padre volvió a silenciarme y a hacerme volver en mí. Creo que había llegado a la última y peor parte de mi confesión, cuando él me interrumpió.

“Ahórrate más detalles —dijo con amargura—, me has humillado bastante; has hablado ya suficiente”.

Retiró del estante situado a su espalda el libro sobre el cual había descansado su mano hasta entonces, y se acercó con él a la mesa; se detuvo un momento, pálido y silencioso; luego lo abrió lentamente en la primera página y volvió a tomar asiento.

Reconocí el libro al instante. Era una historia biográfica de su familia, desde la época de sus antepasados más remotos hasta la fecha del nacimiento de sus propios hijos. Las gruesas páginas en cuarto estaban bellamente iluminadas al estilo de los antiguos manuscritos; y la narración, en caracteres manuscritos, había sido elaborada bajo su propia supervisión. Este libro le había costado años de investigación y perseverancia. Los nacimientos y muertes, los matrimonios y las posesiones, las hazañas bélicas y las enemistades privadas de los viejos barones

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