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IV

la luz de la vida se apagaba con rapidez se volvió hacia él, incluso su naturaleza grosera sintió la conmoción. Lo vi encogerse; sus pálidas mejillas blanquearon, apartó su silla y no dijo nada más.

Me volvió a mirar y habló. Su voz seguía siendo la misma voz suave y baja de siempre. Daba miedo oír lo poco que había cambiado, y ver luego aquel rostro transformado.

“Me estoy muriendo”, me dijo.

“Muchas noches han pasado desde aquella noche en que Margaret volvió sola y sentí algo que descendía a mi corazón al mirarla, y que supe que era la muerte⁠—muchas noches, desde que he solido decir mis oraciones y pensar que las decía por última vez, antes de atreverme a cerrar los ojos en la oscuridad y el silencio. He vivido hasta hoy, muy cansada de mi vida desde aquella noche en que entró Margaret; y, sin embargo, no podía morir, porque tenía una expiación que hacerle a usted, y usted nunca vino a escucharla y a perdonarme. Yo no estaba lista para que Dios me llevara hasta que usted viniera⁠—lo sé, sé que es verdad por un sueño”.

Se detuvo, mirándome aún, pero con la misma expresión de blancura sepulcral. El ojo había dejado de hablar ya; no quedaba nada más que la voz.

—Mi marido ha preguntado: «¿Quién te creerá?» —prosiguió ella, cobrando su débil voz más fuerza con cada nueva palabra que pronunciaba—. Yo he respondido que yo; porque usted ha dicho la verdad. Ahora, cuando la luz de este mundo se apaga ante mis ojos; aquí, en este hogar terrenal de tanto dolor y sufrimiento, que pronto he de abandonar; en presencia de mi marido; bajo el mismo techo que mi hija pecadora, doy testimonio de que usted ha dicho la verdad. Yo, su madre,

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