De repente, abandonó esta ocupación; el color desapareció de su rostro; estaba muy pálida cuando me volvió a dirigir la palabra, hablando con un tono muy alterado; tan alterado, que apenas lo reconocí como suyo.
—Sabes, Basil, que desde hace mucho tiempo nos has guardado un secreto, y prometiste que yo sería la primera en saberlo; pero yo —yo he cambiado de opinión; no tengo ningún deseo de saberlo, querido: prefiero que no hablemos nunca de ello. (Se sonrojó, titubeó un poco de nuevo y luego prosiguió con rapidez y fervor:) —Pero espero que se lo cuentes todo a papá: él viene para preguntarte —¡oh, Basil! sé sincero con él y cuéntaselo todo; ¡seamos el uno para el otro lo que éramos antes de estas fechas del año pasado! No tienes nada que temer, con tal de que hables abiertamente; pues le he suplicado que sea bondadoso y clementes contigo, y ya sabes que él nunca me niega nada. Solo vine aquí para prepararte; para rogarte que seas sincero y paciente. ¡Silencio! Hay pasos en la escalera. Habla con franqueza, Basil, por mí —te lo ruego, te lo ruego, habla con franqueza y luego déjame el resto a mí.
Salió apresuradamente de la habitación. Al minuto siguiente, mi padre entró en ella.
Tal vez mi conciencia culpable me engañó, me pareció que me miraba con más tristeza y severidad que nunca. Su voz también sonó turbada cuando habló. Esto era un cambio, lo cual significaba mucho en él.
—He venido a hablarle —dijo—, sobre un asunto del que hubiera preferido mucho más que usted me hubiera hablado primero a mí.
—Creo, señor, que sé a qué asunto se refiere. Yo...
—Le ruego que me escuche con la mayor paciencia posible —replicó—; no tengo mucho que decir.