habitual delicadeza, introducir el tema hasta que hubieran transcurrido más de seis meses desde la muerte de mi padre—. Ha obrado bien. He tenido tiempo de experimentar todo el consuelo que me brinda el recuerdo de que, durante años, mi vida sirvió de algún modo para endulzar la de mi padre; de que su muerte se produjo en el curso ordinario de la Naturaleza; y de que jamás, que yo sepa, le di motivo alguno para arrepentirse de la plena y amorosa reconciliación que tuvo lugar entre nosotros tan pronto como pudimos hablarnos con libertad a mi regreso al hogar. > > Aun así, sigo sin responder a su pregunta: —¿Estoy dispuesto ahora a permitir la publicación de mi relato, siempre que todos los nombres y lugares mencionados en él permanezcan ocultos y nadie me conozca a mí, salvo usted, Ralph y Clara, como el autor de mi propia historia? Respondo que sí, que estoy dispuesto. En pocos días recibirá el manuscrito por conducto seguro. Ni mi hermano ni mi hermana se oponen a que se dé a conocer en las condiciones que he mencionado; y no vacilo en aceptar la autorización que así se me otorga. No he edulcorado la inconstancia del carácter de Ralph; pero la bondad fraternal y la varonil generosidad que subyacen en él confío en que resulten tan evidentes en mi narración como lo son en la realidad. ¡Y Clara, querida Clara!, todo cuanto he dicho de ella solo merece ser lamentado por no estar a la altura del más noble tema sobre el que mi pluma, o cualquier otra, pueda escribir. > > Queda por resolver una dificultad, sin embargo: —¿Cómo deben concluir las páginas que estoy a punto de enviarle? En el sentido novelesco de la palabra, mi historia no tiene un final
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Carta III
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