Haberlo arriesgado por el camino más corto, a través del páramo y el cruce más allá de este, habría significado perderme sin ninguna posibilidad de rescate en la
De este modo tedioso había continuado durante algún tiempo, antes de ocurrírseme que el ruido del mar estaba cambiando por completo para mi sentido del oído.
Parecía sonar de manera muy extraña a cada lado de mí, tanto a mi mano derecha como a mi izquierda. Me detuve y forcé la vista para mirar a través de la neblina, pero fue inútil. Los riscos situados a solo unas pocas yardas parecían sombras en el espeso vapor blanco.
Nuevamente, avancé un poco; y, al poco rato, oí que rodaba hacia mí, por decirlo así, bajo mis propios pies y bajo el bramido del mar, un sonido aullante, hueco e intermitente, como un trueno a lo lejos.
Me detuve de nuevo y me apoyé contra una roca. Al cabo de un rato, la neblina comenzó a abrirse hacia el mar, pero seguía tan espesa como siempre a cada lado de mí. Avancé hacia el cielo más claro que tenía enfrente; el sonido de trueno retumbaba cada vez más fuerte, en el mismo corazón, según parecía, del gran acantilado.
La neblina se aclaró un poco más y me dejó ver una baliza para barcos, situada en el punto más alto de las rocas circundantes. Trepé hasta ella, reconocí el llamativo patrón rojo y blanco con el que estaba pintada y supe que, entre la niebla, me había apartado de la línea costera habitual para adentrarme en uno de los grandes promontorios de granito que se adentran en el mar, a modo de rompeolas naturales, en la costa meridional de Cornualles.
Había penetrado dos veces hasta este lugar, en la época anterior de mi estancia en la aldea de pescadores, y mientras ahora escuchaba el sonido del trueno, sabía de qué causa procedía.