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VI. El Encuentro

gastos de su hija; una suma pagadera trimestralmente, a condición de que ni usted ni ella nos molesten; de que jamás hagan uso de nuestro nombre en parte alguna; y de que el hecho del matrimonio de mi hermano (hasta ahora mantenido en secreto) quede en lo sucesivo sepultado en el olvido. Nosotros mantenemos nuestra opinión sobre la culpabilidad de su hija; usted mantiene su opinión sobre la inocencia de ella. Tenemos un silencio que comprar, y usted tiene un silencio que vender, una vez al trimestre; y si cualquiera de los dos quebranta nuestras condiciones, ambos tenemos nuestro recurso: el suyo el recurso fácil, el nuestro el difícil. ¿Este arreglo —muy injusto y peligroso para nosotros; muy ventajoso y seguro para usted— comprendo que lo rechaza definitivamente?’”

—Señor —dice, con solemnidad—, no sería digno del nombre de padre...

—Gracias⁠—observé, presintiendo que estaba recurriendo al sentimiento paternal—; gracias; lo entiendo perfectamente. Pasaremos, si le parece bien, a la otra cara de la moneda.

«¡El reverso! ¿Qué reverso, Ralph? ¿Qué más podrías decir?».

«Ya lo oirá usted. —Estando usted, por su parte —le dije—, firmemente decidido a no permitir ningún acuerdo, y a hacer que mi hermano (incluida su familia, por supuesto) reconozca a una mujer de cuya culpabilidad no albergan la más mínima duda, cree usted que puede lograr su objetivo amenazando con un escándalo. ¡No amenace más! ¡Haga su escándalo! ¡Vaya al magistrado ahora mismo, si le parece! ¡Ponga nuestros nombres en la picota del informe del periódico, como una familia emparentada con la hija del lencero M. Sherwin, a quien consideran deshonrada como mujer y como esposa para siempre!

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