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V. Mannion

Intenté despejar y concentrar mis facultades pensando en otros temas; pero sin éxito.

Todo lo que había oído y visto desde la mañana acudió entonces a mi memoria de manera cada vez más vaga y confusa. No lograba idear ningún plan, ni para el presente ni para el futuro. Sabía tan poco cómo hacer frente a la última amenaza del señor Sherwin de obligarme a reconocer a su culpable hija, como cómo defenderme de la hostilidad de por vida con la que me amenazaba Mannion.

Un sentimiento de temor reverente y aprensión, que no lograba atribuir a ninguna causa clara, se apoderó de mí de manera irresistible y misteriosa. Un horror a la incisiva claridad del día, una desconfianza hacia la soledad del lugar en el que me había refugiado, un anhelo de estar de nuevo entre mis semejantes, de vivir donde hubiera vida —la atareada vida de Londres— me dominaron.

Me volví apresuradamente y caminé de regreso desde los suburbios hacia la ciudad.

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