Cuanto más me acercaba a nuestra propia puerta, mayor reluctancia sentía de pasar en casa el breve intervalo entre mi primera y mi segunda entrevista con el señor Sherwin.
Cuando entré en la casa, esta reluctancia aumentó hasta convertirse en algo muy parecido al pavor. Me sentía incapaz e indispuesto para enfrentarme a las miradas de mis parientes más cercanos y queridos.
Fue un alivio para mí saber que mi padre no estaba en casa. Mi hermana se encontraba en la finca: el criado dijo que acababa de entrar en la biblioteca y preguntó si debía avisarle de que yo había llegado. Le pedí que no la molestara, ya que era mi intención volver a salir inmediatamente.
Entré en mi estudio y allí le escribí una breve nota a Clara, diciéndole tan solo que estaría ausente en el campo durante dos días. La había sellado y dejado sobre la mesa para que el criado la entregara, y estaba a punto de salir de la habitación, cuando oí abrir la puerta de la biblioteca. Al instante me retiré y volví a cerrar la puerta de mi cuarto casi del todo. Clara había cogido el libro que quería y se lo llevaba a su propia salita. Esperé hasta que desapareció de vista y luego salí de la casa. Era la primera vez que evitaba a mi hermana; a mi hermana, que en toda su vida nunca había hecho una pregunta ni pronunciado una palabra que pudiera disgustarme; a mi hermana, que me había confiado todos sus pequeños secretos desde que éramos niños. Al pensar en lo que había hecho, sentí una sensación de humillación que era casi castigo suficiente para la bajeza de la que me había hecho culpable.
Fui a los establos e hice ensillar mi caballo inmediatamente. No se me ocurrió la idea de marchar en ninguna dirección en particular.