La nefasta obra debió de comenzar en las últimas tres semanas, mientras permanecía mucho en casa y había pocas posibilidades de encontrarse conmigo en mis paseos habituales. Cómo se llevó a cabo esa obra es inútil averiguarlo; mi único objetivo ahora debe ser prepararme de inmediato para la partida.
( 11 horas. )—Mientras guardaba mis pocos libros, hace un momento, un pequeño marcapáginas bordado cayó de uno de ellos, el cual no había observado en las páginas antes; y que reconocí como hecho para mí por Clara. ¡Tengo un recuerdo de mi hermana en mi poder, después de todo! Por insignificante que sea, lo llevaré conmigo, como un mensajero de consuelo en el tiempo de la adversidad y el peligro.
( 1 h. )—El viento se abalanza sobre nosotros desde los páramos, en ráfagas cada vez más feroces; las olas rompen con fuerza contra nuestro promontorio rocoso; la lluvia pasa azotando con furia ante mis ventanas; y la más densa oscuridad lo cubre todo en el cielo. La tormenta que lleva amagando unos días se está desatando con rapidez.
(Aldea de Treen, 22 de octubre)—Los acontecimientos de un solo día han cambiado todo el porvenir de mi vida. Debo obligarme a escribir sobre ellos de inmediato. Algo me advierte que, si me demoro, aunque solo sea hasta mañana, seré incapaz de relatarlos en absoluto.
Aún era temprano por la mañana—creo que sobre las siete—cuando cerré la puerta de mi cabaña a mis espaldas, para no volver a abrirla jamás.
Solo me crucé con uno o dos de mis vecinos al salir de la aldea. Se hicieron a un lado para dejarme pasar, sin decir una sola palabra.
Con el corazón encogido, afligido más de lo que jamás habría podido imaginar por marcharme como un enemigo de entre la gente con la que había vivido como un amigo, pasé lentamente junto a las últimas cabañas y ascendí por el sendero del acantilado que conducía al páramo.