de hablar se hubiera disipado en una calma absoluta, fui testigo accidental de otro dilema doméstico en el que Margaret desempeñaba un papel principal. En esta ocasión, al acercarme a la casa (por la mañana otra vez), encontré la puerta principal abierta. Había un cubo en los escalones: la criada evidentemente los había estado lavando, había sido interrumpida en su trabajo y se había olvidado de cerrar la puerta al marchar temporalmente. La naturaleza de la interrupción no tardé en descubrirla al entrar en el vestíbulo.
—¡Por el amor de Dios, señorita! —gritó la voz de la doncella desde el comedor—; ¡por el amor de Dios, suelte el tascafuegos! ¡La señora va a bajar en un momento, y es su gato!
—¡Mataré a esa vil bestia! ¡Mataré al gato odioso! ¡No me importa de quién sea! —¡Mi pobre, querido, querido, querido pájaro!
La voz era la de Margaret. Al principio, su tono era de furia; después, se quebró en sollozos histéricos.