—Creo, señor Mannion —dije—, que usted ha sido de gran ayuda para sentar las bases de los estudios a los que supongo que se refiere.
—Procuré hacerme útil de ese modo, señor, como en cualquier otro, cuando mi empleador lo deseaba.
Hizo una reverencia de nuevo al decir esto; y luego salió, seguido por el señor Sherwin, quien sostuvo una breve conversación con él en el vestíbulo.
¿Qué me había dicho? Solo unas pocas palabras de cortesía, pronunciadas de un modo muy respetuoso. No había habido nada en su tono, nada en su mirada, que le diera un significado peculiar a lo que había expresado.
Aun así, en el momento en que me dio la espalda, me sorprendí especulando sobre si sus palabras contenían algún significado oculto; intentando recordar algo en su voz o en sus modales que pudiera guiarme para descubrir el sentido real que él le atribuía a lo que había dicho.
Parecía como si el estímulo más poderoso para mi curiosidad lo proveyera mi propia experiencia acerca de la imposibilidad de penetrar bajo la inexpugnable superficie que este hombre me presentaba.
Interrogué a Margaret acerca de él. No pudo decirme más de lo que ya sabía. Siempre había sido muy amable y servicial; era un hombre inteligente y, a veces, sabía hablar mucho cuando se lo proponía; y en un mes le había enseñado más sobre lenguas y literatura extranjeras de lo que ella había aprendido en la escuela en un año. Mientras me contaba esto, apenas me di cuenta de que hablaba de manera muy apresurada y se ocupaba en ordenar los libros y las labores