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III

¿Qué hombre ha sentido jamás que todas sus facultades intelectuales quedaban absorbidas, ni siquiera por la más lacerante desdicha mental que pudiera ocuparlas?

En los momentos de peligro inminente, la mente aún puede divagar por propia voluntad en el pasado, a pesar del presente; en los momentos de amarga aflicción, aún puede recurrir a las pequeñeces cotidianas, a pesar de nosotros mismos.

Mientras permanecía ahora sentado en silencio en el estudio de mi padre, asociaciones de la infancia hacía tiempo olvidadas, vinculadas a diferentes rincones de la estancia, comenzaron a acudir a mi memoria con la más extraña y desconcertante independencia de cualquier influencia o control que mi actual agitación e incertidumbre pudieran ejercer sobre ellas.

Los recuerdos que deberían haber sido los últimos en despertar en este momento de dura prueba fueron los mismos recuerdos que ahora cobraban vida en mi interior.

Con el corazón oprimido y los ojos doloridos miré por encima de los muros que me rodeaban. Allí, en aquel rincón, estaba la puerta de tela roja que conducía a la biblioteca. De niños, ¡cuántas veces Ralph y yo habíamos espiado con curiosidad a través de esa misma puerta, para ver qué andaba haciendo mi padre en su estudio, para preguntarnos por qué tenía tantas cartas que escribir y tantos libros que leer! ¡Qué asustados estuvimos los dos cuando nos descubrió un día y nos reprendió severamente! ¡Qué felices al momento siguiente, cuando le habíamos suplicado que nos perdonara y nos mandó de vuelta a la biblioteca con un gran libro de

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