Mientras me apresuraba a alejarme, oí a la muchacha correr unos pasos detrás de mí; luego detenerse; después regresar y cerrar la verja del jardín, suavemente. Evidentemente, se había puesto una vez más en el lugar de la señorita Margaret; y al hacerlo, había abandonado toda idea de mayor resistencia.
¿Cómo debía ocupar las horas hasta las once? El engaño me susurró: —Vete a casa; evita hasta la más mínima posibilidad de despertar sospechas desayunando con tu familia como de costumbre. Y tal como el engaño aconsejó, así actué.
Nunca recuerdo a Clara más amable, más dispuesta a prodigar todas esas pequeñas y insignificantes atenciones y cuidados que poseen una gracia tan exquisita cuando son ofrecidos por una mujer a un hombre, y en especial por una hermana a un hermano, que cuando ella, mi padre y yo nos reunimos a la mesa del desayuno.
Ahora recuerdo con vergüenza cuánpoco pensé en ella, o le hablé en aquella mañana; con cuán poca vacilación o reproche hacia mí mismo me excusé de aceptar un compromiso que ella deseaba hacer Conmigo para ese día.
Mi padre estaba absorto en algún asunto de negocios; a él no le podía hablar. Fue a mí a quien dirigió todas sus habituales preguntas y comentarios matutinos. Apenas los escuché; les respondí con descuido y brevedad. En cuanto terminó el desayuno, sin una palabra de explicación, salí apresuradamente de la casa otra vez.
Al bajar los escalones, miré por accidente hacia la ventana del comedor. Clara me observaba desde allí. Tenía la misma expresión de ansiedad en el rostro que había llevado cuando me dejó la noche anterior. Sonrió al cruzarse nuestras miradas: una sonrisa triste y tenue que la hacía parecer distinta a sí misma. Pero aquello no me causó ninguna impresión en ese momento: no tenía atención para nada que no fuera mi