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VI. El Encuentro

Haga usted su peor esfuerzo; haga público hasta el último detalle vergonzoso que pueda... ¿qué ventaja obtendrá con ello? Venganza, se lo concedo. Pero ¿acaso la venganza le pondrá un céntimo en el bolsillo? ¿Acaso la venganza pagará un farthing para el mantenimiento de su hija? ¿A acaso la venganza hará que la recibamos? ¡Ni por asomo! Nos acorralarán; no tendremos ningún escándalo que temer después de que nos haya expuesto; no nos quedará más remedio que un remedio desesperado, y acudiremos a los tribunales... acudiremos a los tribunales con valentía, abiertamente, y obtendremos el divorcio. Tenemos pruebas escritas de las que usted no sabe nada, y podemos llamar a testigos a los que no puede amordazar. No soy abogado, pero le apuesto quinientos a uno (¡de la manera más amistosa, querido caballero!) a que ganamos el caso. ¿Qué se sigue de ello? Le devolvemos a su hija, sin un jirón de reputación que la cubra, y nos lavamos cómodamente las manos respecto a usted por completo».

“¡Ralph! ¡Ralph! ¿Cómo pudiste...?”

—¡Detente! escucha el final. Por supuesto que sabía que no podíamos llevar a cabo esta amenaza de divorcio sin que fuera la muerte de mi padre; pero pensé que un pequeño acoso tranquilo de mi parte podría hacerle algún bien al señor tendero Sherwin. Y acerté. Jamás viste a un hombre sentarse con más dolor sobre los filos de un dilema que él. Me mantuve firme en mi postura a pesar de todo; silencio y dinero, o escándalo y divorcio, lo que a él le placiera. «—Niego cada una de vuestras infames imputaciones —dijo él. —Esa no es la cuestión —dije yo. —Iré a ver a vuestro padre —dijo él. —No os dejarán entrar —dije yo. —Le escribiré —dijo él.

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