hasta los doce años, edad en la que podría adquirirlo fácilmente. Entre tanto, procuraba darle una noción general de la gramática —de sus reglas y de las excepciones a las que dichas reglas están sujetas— y prepararlo así para abordar el estudio de cualquier idioma con inteligencia y soltura. Se esforzaba además por dirigir la atención de su hijo hacia los fenómenos más marcados de la naturaleza y las explicaciones que él mismo pudiera dar al respecto. Pero aquí la percepción del hijo superaba la capacidad de explicación del padre. Deseaba «saber la razón de todo»; y cuando las afirmaciones de su padre no le parecían dar la razón, quedaba muy lejos de estar satisfecho.
“Pues poseía siempre una admirable perspicuidad para discernir lo falso; y puede decirse que en todo y siempre la verdad fue el único objeto de su espíritu. Desde su infancia solo podía rendirse a lo que le parecía evidentemente verdadero; y cuando otros hablaban de buenas razones, él trataba de encontrarlas por sí mismo. Jamás abandonaba un asunto hasta haber hallado alguna explicación que lo satisficiera.”