“M. le Cardinal pareció disfrutar mucho con la representación, especialmente cuando hablé. Se rió muchísimo, al igual que toda la compañía. Cuando la comedia terminó, bajé del tablado con la intención de hablar con Madame d’Aiguillon [la misma dama que ya se había interesado por el asunto]. Pero como el Cardenal parecía dispuesto a marchar, me acerqué directamente a él y le recité los versos que te envío. Los recibió con extraordinario cariño y caricias más de lo que puedes imaginar; pues al principio, cuando me acerqué, exclamó: «¡Voilà la petite Pascal!». Luego me abrazó y me besó, y mientras decía mis versos siguió teniéndome en sus brazos y me besaba a cada momento con gran satisfacción. Y luego, cuando hube terminado, dijo: «Sí; te concedo todo lo que pides; escribe a tu padre para que pueda regresar con t seguridad». En ese momento Madame d’Aiguillon se acercó y se dirgió al Cardenal. «Es verdaderamente bueno, señor, que haga algo por este hombre. He oído hablar de él como de un hombre honrado y culto a carta cabal, y es una lástima que permanezca sin empleo. Además, tiene un hijo que es muy sabio en página 14matemáticas, aunque por ahora solo tiene quince años». El Cardenal me aseguró una vez más que podía decirte que regresaras con toda seguridad; y como parecía de tan buen humor, le pedí además que se te permitiera a ti mismo presentar tus agradecimientos y respetos a su Eminencia. Dijo que serías bienvenido; y luego, con otra conversación, repitió: «Dile a tu padre, cuando regrese, que venga a verme». Esto lo dijo tres o cuatro veces. Después de esto, como Madame d’Aiguillon se marchaba, mi hermana se adelantó a saludarla. Ella la recibió con muchas caricias y preguntó por nuestro hermano, de quien dijo que deseaba ver. Fue esto lo que propició su presentación a la Duquesa, quien le dedicó muchos cumplidos por sus conocimientos científicos. Luego nos condujeron a una sala, donde tuvimos una magnífica colación de dulces secos, frutas, limonada y cosas semejantes. Aquí la Duquesa renovó sus caricias de un modo que difícilmente creerás. En resumen, no puedo expresar cuánto honor recibí, pues me veo obligada a escribir con la mayor concisión posible. Estoy muy agradecida a M. de Moudroy por todas las molestias que se ha tomado, y te ruego que seas tan amable de escribirle por el primer correo para agradecer- se lo, pues bien lo merece. En cuanto a mí, me considero sumamente afeliz por haber contribuido de algún modo a un resultado que debe de darte satisfacción”.
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