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nydus/Secret History of the English Occupation of EgyptPublic
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CAPÍTULO III VIAJES POR ARABIA Y LA INDIA

Mientras estos importantes acontecimientos habían estado ocurriendo en Egipto, yo había estado ausente, todavía viajando con mi esposa en nuestra nueva aventura en Arabia Central, totalmente ajeno a ellos y a los asuntos del mundo exterior.

En nuestro camino hacia Damasco, donde debíamos comenzar nuestra campaña seria, nos habíamos detenido durante unos días en Chipre, con la curiosidad de ver la nueva posesión inglesa, recién adquirida al precio de tanto escándalo, que hallamos recibiendo sus primeras lecciones de administración inglesa de manos de Sir Garnet Wolseley.

La isla aún se encontraba bajo su calor estival, sin haber caído lluvia alguna, y nos pareció poco mejor que un yermo polvoriento. Visitamos a Wolseley en su casa de gobierno en Nicosia, y lo encontramos sacando el mejor partido posible de una posición bastante desolada y muy aislada.

En su conversación con nosotros mostró la mejor cara que pudo ante las perspectivas de esta última «joya del Imperio», pero era evidente que, para su criterio profesional, la isla no tenía gran mérito y se parecía más bien a aquella docena de gafas compradas en la feria de la que leemos en El vicario de Wakefield. Resultaba difícil, en verdad, ver para qué podía servir o cómo se haría para que pagara los costes de su gestión.

Su adquisición ya había empezado a desacreditar el nombre inglés y, según descubrimos entre los mahometanos de Siria, se hablaba de ella comúnmente como un bakshís aceptado por Inglaterra a cambio de los servicios prestados al Sultán.

En Damasco conocimos a varios personajes interesantes; entre otros, al viejo héroe de la guerra argelina contra Francia, el seyyid Abd el-Káder, y a ese otro héroe a su manera, el exlíder del partido constitucional turco, Midhat Pachá.

Mi impresión de este último, por mucho que estuviera inclinado a simpatizar con la reforma mahometana, no fue favorable. En lo personal carecía de impacto, no tenía una apariencia distinguida y mostraba cierta actitud jactanciosa y presumida que sugería que la vanidad era su rasgo principal.

En una larga conversación que tuve con él sobre el tema de la regeneración otomana, hallé que sus ideas eran superficiales y de esa índole europea tan común que, con tanta frecuencia en el Oriente, pasa por pensamiento original y profundidad de convicción.

Sus ideas de reforma para el Imperio, y para el valiato de Siria del cual acababa de ser nombrado valí, tal como me las expuso, eran enteramente materiales: la construcción de ferrocarriles, canales y tranvías; todas cosas excelentes a su manera, pero que dejaban intactas las verdaderas necesidades de la administración y que, como no disponía de fondo alguno para obras públicas, resultaban del todo ilusorias en su propia provincia.

De los asuntos más importantes de economía, justicia y protección para los pobres, no habló, ni demostró el menor grado de simpatía hacia el pueblo de la provincia que había venido a gobernar. De hecho, estaba imbuido de algo más que el desprecio turco habitual hacia todo lo árabe, el cual no se molestaba en ocultar, y sus métodos declarados para tratar con los beduinos eran sumamente brutales. Esto, naturalmente, me repelía.

Sin embargo, no puedo evitar lamentar ahora no haber hecho algún esfuerzo por entonces, ante sus desgracias, para despertar la opinión pública a su favor en Inglaterra, cuando tal cosa tal vez lo habría salvado del terrible castigo que sufrió a manos del Sultán.

No conocía, sin embargo, en aquel momento todos los hechos, y solo en 1884 supe, por una fuente en la que podía confiar, la verdadera historia del juicio de Midhat bajo la falsa acusación de asesinato presentada contra él tres años antes. Este asunto es de tal importancia que no me disculpo por relatarlo aquí en detalle.

Se recordará que, cuando estuve en Constantinopla en 1873, durante una grave enfermedad me había cuidado el doctor Dickson, por entonces médico de la embajada británica, con quien había entablado una relación muy agradable.

Este digno anciano, que ya por entonces llevaba unos treinta y cinco años en Turquía, se había orientalizado por completo y poseía una experiencia más amplia y un conocimiento más profundo de todo lo otomano que quizás cualquier otro inglés que viviera entonces. Tenía, además, una leal simpatía hacia el pueblo entre el que había vivido durante tanto tiempo, y había conservado junto a ella una gran integridad y un sentido del honor inglés a la antigua usanza, lo que lo convertía en el testigo más capaz y fiable posible con respecto a los acontecimientos que habían llegado a su conocimiento.

Su testimonio, por tanto, sobre lo que estoy a punto de relatar puede considerarse absolutamente definitivo en cuanto al asunto que toca. En 1884 volví a estar en Constantinopla, y fue entonces cuando me lo dio; y me pareció tan importante como correctivo para la historia que lo anoté enseguida, el mismo día en que lo escuché. Es textualmente el siguiente:

3 de nov., 1884. El doctor Dickson fue enviado por la Embajada inglesa para investigar las circunstancias de la muerte de Abd-el-Aziz; y nos dio un relato sumamente preciso de todo lo que había visto en el palacio aquel día. El grupo de médicos constaba de un griego, Marco Pasha, de un viejo inglés que había sido médico de Lord Byron, y de varios otros. Encontraron el cuerpo en el cuerpo de guardia y lo examinaron minuciosamente. El sultán iba vestido con una camisa de seda, como las que llevan los caïquejis, lisa, sin rayas, y unos pantalones de seda rosa. Al desnudarlo, se vio que el cuerpo no tenía ningún arañazo ni contusión, «el cuerpo más hermoso del mundo», a excepción de los cortes en ambos brazos por la parte interior, donde están las arterias. El corte del brazo izquierdo era profundo hasta el hueso y el doctor Dickson había metido el dedo en la herida. El del derecho era superficial y la arteria no estaba seccionada. Eran manifiestamente la causa de la muerte. Los demás médicos se dieron por satisfechos con este examen y se fueron; pero el doctor Dickson y el otro médico inglés insistieron en tomar declaración a la madre del sultán, y este fue su relato: Abd-el-Aziz había intentado suicidarse dos veces desde su destitución, una vez tratando de arrojarse a un pozo, otra al Bósforo, pero se lo habían impedido; y se le había advertido a la sultana que no le diera ningún instrumento con el que pudiera lograr su propósito. Cuando, por lo tanto, le pidió un espejo y unas tijeras para arreglarse la barba, ella había elegido el par más pequeño que poseía y pensó que era imposible que se hiciera daño con ellos. Ella ocupaba la habitación contigua a la suya, y siempre había una o dos chicas de guardia cuando ella misma no estaba con él. Sucedió, sin embargo, que una tarde él mandó salir a las chicas y cerro la puerta con el pestillo, diciendo que quería estar solo; y las chicas no se atrevieron a desobedecer. Pero cuando hubo pasado media hora vinieron y se lo dijeron, y al principio ella no se alarmó, sino que les ordenó que esperaran en la puerta y escucharan. Luego volvieron y dijeron que no oían nada, y al cabo de una hora fue ella misma, seguida de sus mujeres, y empujó la puerta. Encontraron al sultán apoyado de costado en el sofá, muerto en esa posición.

[Aquí en mi diario hay un boceto.]

"El sofá y las cortinas de la habitación eran de terciopelo, rojo sobre fondo amarillo. Y el colega del Dr. Dickson examinó el lugar y encontró el brazo izquierdo del sofá empapado en sangre, y un gran charco de sangre coagulada en el suelo debajo; también en el centro del sofá una pequeña mancha de sangre correspondiente con la herida en el brazo derecho, pero aunque examinó cuidadosamente no había ni una mota en otra parte que no fuera junto al sofá, de modo que era imposible que hubiera habido forcejeo o asesinato. Como dijo la Sultana: 'Si fue asesinado, el asesino debió de ser yo, pues estaba en la habitación contigua y nadie más pudo habérsele acercado'. En el juicio a Midhat y los demás por asesinato, presentaron una camisa de lino, no de seda, con un corte en el costado como de una estocada de espada, un par de pantalones verdes o amarillos, y una bata de piel, no los que llevaba el cadáver, y fundas de cretona para el sofá y cortinas de cretona salpicadas de sangre, no las de la habitación donde se encontró el cuerpo. El Dr. Dickson había escrito entonces una protesta declarando lo que sabía, y se la había entregado a Lord Dufferin, rogándole que la hiciera llegar como prueba al Presidente del Tribunal. Pero Dufferin no quiso intervenir sin instrucciones, y mientras telegiaba, o fingía telegrafiar, Midhat fue condenado. Marco Pasha, dice, debió de ser inducido a dar el testimonio que dio. La historia de que se había visto a hombres trepando por la ventana para entrar y salir era ridícula, ya que estaba tan alta del suelo que los hombres se habrían roto las piernas al saltar. El Dr. Dickson es un anciano muy preciso, y el tipo de testigo cuyo testimonio sería aceptado por cualquier jurado del mundo. Por lo tanto, creo enteramente en su relato, por improbable que a primera vista parezca, de que un Sultán no había sido asesinado y se había suicidado. Midhat y Damad murieron encadenados en Taif hace unos meses, tras haber muerto de hambre. El fin de Midhat fue precipitado por un ántrax, pero no por ello dejó de ser asesinado. El Sheykh el Islam también ha muerto recientemente allí, el que dio la fetwa autorizando la deposición de Abd-el-Aziz. Este acto de terror ha dado a Abdul Hamid el poder absoluto que ahora ostenta."

Otra persona de importancia para mi relato a quien conocimos en aquel otoño de 1878 en Damasco fue Sir Edward Malet, por entonces secretario de la Embajada en Constantinopla, que estaba haciendo un recorrido por Siria en parte por diversión y en parte para recabar información.

Durante mi carrera diplomática había servido dos veces bajo las órdenes de su excelente padre, y había mantenido una gran amistad con su familia y con él mismo desde los tiempos en que ambos éramos agregados, por lo que puedo hablar de su carácter —que ha sido extrañamente malinterpretado en Egipto— basándome en un conocimiento personal e íntimo.

Malet era un hombre de medianas capacidades ordinarias, dotado de gran laboriosidad, cautela y buen juicio. Habiendo nacido, por decirlo así, en la diplomacia e introducido en el servicio por su padre cuando solo tenía dieciséis años, había recibido una formación rigurosamente profesional y, en lo que respecta a las tradiciones y usos de su labor, era un funcionario completamente competente.

Sabía redactar un buen despacho claro, de esos en los que se podía confiar para que no dijeran una sola palabra más de lo que sus instrucciones garantizaban, y que no comprometían a su Gobierno en nada que no se hubiera previsto.

Poseía los talentos que tal vez sean los más útiles bajo las circunstancias ordinarias del servicio al que pertenecía —prudencia, reticencia y un pronto desprendimiento de sí mismo—, aquellos de hecho que deberían distinguir a un discreto procurador de familia; y el deber de un diplomático, salvo en muy raros casos, no difiere en nada del de un procurador.

Imaginación, sin embargo, Malet no tenía ninguna, ni iniciativa, ni capacidad alguna para afrontar bajo su propia responsabilidad situaciones que exigieran una acción enérgica y una decisión rápida. Era el último hombre en el mundo para encabezar una intriga o dominar una situación difícil.

En lo personal era amable, sin llegar a ser atractivo, y conservaba cierta ingenuidad mental que en sus momentos extraoficiales se hacía muy evidente. Su laboriosidad era grande y su conducta irreproachable. De muy joven esto era muy notable. Siempre prefería su trabajo, por poco interesante que fuera, a cualquier forma de diversión y, aun estando de permiso, prefería pasar sus tardes libres copiando despachos con nosotros en la cancillería de su padre antes que tomarse la molestia de inventarse una ocupación para sí mismo en otra parte.

Consigno esto porque se le ha atribuido en Egipto una ambiciosa e intrigante inquietud que era exactamente lo opuesto a su carácter muy tranquilo. Ni en el placer ni en el trabajo tenía el menor espíritu de aventura. De otro modo es posible que nos hubiera acompañado, como le propuse que hiciera, a Arabia, pero él no era hombre de abandonar los caminos trillados y, aunque lo interesé tanto como pude en mi plan más romántico, prefirió seguir la ruta turística común y, por lo tanto, continuó pocos días después hacia Jerusalén.

Nuestro propio viaje fue muy diferente y demostró ser aún más interesante de lo que había previsto. El relato completo de este se ha publicado tanto en inglés como en francés, bajo el título "A Pilgrimage to Nejd", por lo que me ocuparé de él aquí brevemente.

Para narrarlo en muy pocas palabras: viajamos por la ruta de los peregrinos hasta Mezárib y desde allí al Yebel Haurán, donde uno de los jefes drusos de la familia Atrash nos proporcionó un rafyk o guía, y así descendimos por el uadi Sirhán pasando por Kâf hasta Yof, donde Mohammed el Aruk, hijo del jeque de Tudmor, que iba con nosotros, tenía parientes.

Desde allí, tras una estancia con estos, cruzamos el Nefud, un peligroso trayecto de diez días a través del gran desierto de arena hasta Hail y, aunque no llevábamos cartas ni presentaciones de ninguna clase, fuimos recibidos por el emir Mohammed Ibn Rashid, por entonces soberano del Nejd independiente, con todos los honores posibles.

Nuestra condición de ingleses era para él un pasaporte suficiente, al igual que el hecho de que el año anterior hubiéramos visitado a tantos jeques de los anaza y los šamar, cuyos rumores habían llegado hasta él.

Por entonces ya habíamos aprendido suficiente árabe como para poder mantener una conversación, y lo encontramos cortés y afable, además de sumamente interesado en escuchar todo lo que teníamos que contarle sobre los asuntos del gran mundo del que Nýd está tan completamente aislado por los desiertos circundantes.

En los asuntos que se referían en lo más mínimo a Arabia, tenía curiosidad por saber nuestra opinión, y especialmente sobre los caracteres de los diversos jefes beduinos, sus enemigos o rivales.

La política europea le interesaba muy poco, y apenas más la política de Constantinopla o de Egipto, pues en aquel entonces el Sultán —aunque en Bagdad se llamara a Nejd provincia del imperio— no era reconocido en absoluto por los príncipes wahabíes como su soberano, y las únicas relaciones que habían tenido con él durante un siglo habían sido de carácter hostil.

El recuerdo de la invasión de Nejd por parte de Mohamed Alí seguía estando muy fresco, y la más reciente toma de El Hasa, en el golfo Pérsico, por parte de Midhat Pasha, así como su fallida expedición al Yof, causaban gran resentimiento en Haíl. Nos benefició mucho ante Ibn Rashid el haber acudido a él sin la intervención de ninguna autoridad otomana.

El resultado de aquella visita amistosa a la capital de la Arabia independiente, junto con la perspectiva que allí obtuve del antiguo sistema de gobierno libre existente durante tantos siglos en el corazón de aquella maravillosa península, fue confirmarme en los entusiastas sentimientos de amor y admiración que ya abrigaba hacia la raza árabe.

Fue en verdad para mí un «primer amor» político, un romance que me absorbió cada vez más y me determinó a hacer lo que pudiera para ayudarles a preservar su preciado don de la independencia.

Arabia se me apareció a la luz de una tierra sagrada, donde había encontrado una misión en la vida que estaba obligado a cumplir. Ni creo tampoco que exagerara el valor de las virtudes tradicionales que vi practicar allí.

Por casi todos los orientales, el sistema de gobierno de los beduinos es considerado poco menos que bandidaje y, en los confines de la civilización, tiene, de hecho, la tendencia a degenerar en tal. Pero en el corazón de Arabia misma no es así.

En Néyed, único entre todos los países del mundo que he visitado, ya sea de Oriente o de Occidente, las tres grandes bendiciones de las que en Europa presumimos, aunque en verdad no las poseemos, son una realidad viva: «Libertad, Igualdad, Fraternidad», nombres que no pasan de serlo ni siquiera en Francia, donde están inscritos en cada muro, pero que aquí son gozados en la práctica por todo hombre libre.

Aquí había una comunidad que vivía como han soñado nuestros idealistas, sin impuestos, sin policía, sin reclutamiento, sin coacción de ningún tipo, cuya única ley era la opinión pública, y cuyo único orden, un principio de honor.

Aquí había también un pueblo pobre pero contento y que, de acuerdo con sus escasas necesidades, vivía en la abundancia, el cual a todas las preguntas que les hice (¿y en cuántas tierras no había hecho las mismas en vano?) me había respondido invariablemente: «Gracias a Dios, no somos como las otras naciones. Aquí tenemos nuestro propio gobierno. Aquí estamos satisfechos».

Esto fue lo que me llenó de asombro y de placer, y lo que obró mi conversión de un ocioso espectador de las desgracias del mundo oriental a alguien lleno de celo por la extensión de esas mismas bendiciones de la libertad a las demás naciones sumidas en la esclavitud.

Nuestro viaje de regreso al civilizado pero menos feliz mundo de Irak y el sur de Persia, que visitamos sucesivamente en la primavera siguiente, no hizo más que confirmar e intensificar mi convicción.

¡Qué mísero contraste, en verdad, el de las tierras del Bajo Éufrates en comparación con Neyed, habitadas por la misma raza árabe, pero una raza desmoralizada, empobrecida y embrutecida por el dominio otomano!

¡Qué aún más mísero el Arabistán persa!

Le di vueltas en la cabeza a algún medio para devolverles su dignidad perdida, su prosperidad perdida y su respeto propio, y, por un momento, vi en la protección de Inglaterra, de poder otorgarse, un posible camino hacia su salvación.

Con ideas de esta índole tomando forma y sustancia en mi mente, tras un dificilísimo viaje por tierra desde Bagdad hasta Bushehr, en el golfo Pérsico, y desde allí por mar hasta Karachi, me encontré por fin en la India, donde me aguardaban experiencias de otra clase y una nueva lección sobre la economía de las cosas orientales.

Mi razón para continuar hacia India, después del duro viaje que acabábamos de realizar, fue que a nuestra llegada a Bushire habíamos encontrado cartas esperándonos de Lord Lytton, quien durante muchos años había sido mi amigo más íntimo, invitándonos a hacerle una visita en Simla.

Lytton, de cuyas entrañables cualidades personales no necesito decir nada aquí, pues ya he rendido ese tributo a su querida memoria, había estado como yo en el servicio diplomático, y había servido con él en Lisboa en 1865, y habíamos escrito poesía y vivido juntos en una intimidad que había continuado desde entonces.

Ahora, en 1879, llevaba algo más de dos años como virrey en India, y en el momento en que llegamos a Simla estaba precisamente llevando su primera campaña afgana a un final exitoso, y firmó el Tratado de Gandamak en el primer mes de nuestra estancia con él.

Lytton, que era un hombre de temperamento muy supersticioso, aunque racionalista en sus creencias religiosas, pasó gran parte de su tiempo libre durante la guerra, a pesar de ser un trabajador infatigable, fabricando globos aerostáticos de aire caliente que lanzaba a intervalos, deduciendo de sus ascensiones rápidas o lentas la buena o mala fortuna para su ejército.

No es que permitiera que tales resultados decidieran sus actos, pues era un trabajador constante y de razonamiento sólido, pero le calmaba los nervios, que siempre tuvo a flor de piel, tener estas pequeñas insinuaciones de índole sobrenatural en las que se persuadía a sí mismo de creer a medias.

Él relacionaba mi llegada a Simla con el buen rumbo que había tomado la guerra, y me consideraba un talismán mientras estuviera a su lado.

Me hizo confidante de todos sus pensamientos, y de él aprendí muchas cosas interesantes en el ámbito de la alta política que no necesito detallar aquí, aunque algunas de ellas se encontrarán incorporadas en estas memorias.

Con mis ideas árabes, como hombre de romance y poeta, expresó inmediatamente su simpatía y dio instrucciones a Sir Alfred Lyall, que entonces era su secretario de Asuntos Exteriores, para que hablara del asunto conmigo y me diera toda la información posible.

El Gobierno indio no era en aquel entonces en absoluto reacio a emprender un avance en el golfo Pérsico. Hacía muchos años que la Marina de la India venía ejerciendo una especie de protectorado sobre los puertos marítimos de Arabia, un protectorado que, al estar estrictamente limitado a la prevención de la piratería y de las disputas entre las tribus en el mar, sin intento alguno de interferir con ellas en tierra, había resultado enteramente benéfico, y la reciente afirmación de la pretensión otomana de soberanía sobre ellos no sentó bien en Calcuta.

El sultán Abdul Hamid también había empezado a alarmar a nuestras autoridades con su propaganda panislámica, de la cual se pensaba que estaba afectando la lealtad de los mahometanos indios. Las ideas de independencia árabe resultaban, por tanto, gratas al punto de vista oficial, y Sir Alfred Lyall informó favorablemente de las mías a Lytton, tan favorablemente que hubo un plan medio acordado entre nosotros de que yo regresaría el invierno siguiente a Néyed y sería portador de un mensaje de cortesía del virrey para Ibn Rashid.

Me alegro ahora, con mi mejor conocimiento de los métodos del Gobierno indio, de que esta propuesta no haya tenido ningún resultado práctico.

Veo claramente que me habría colocado en una falsa posición, y que con la mejor voluntad del mundo para ayudar a los árabes y servir a la causa de la libertad, podría haberme convertido inconscientemente en el instrumento de una política tendente a su subjugación.

Es uno de los males del sistema imperial inglés el que no pueda inmiscuirse en ninguna parte entre pueblos libres, incluso con intenciones totalmente inocentes, sin terminar haciendo el mal. Hay demasiados intereses egoístas obrando siempre como para no convertir los mejores comienzos en malos finales.

Sin embargo, estos asuntos no fueron los únicos que traté con Lytton y sus subordinados. Sir John Strachey, su ministro de Hacienda, me sometió a un curso de instrucción sobre las finanzas y la economía de la India, los métodos para hacer frente a las hambrunas, los ingresos de la tierra, la moneda, el impuesto a la sal y las otras grandes cuestiones que se debatián entonces —siendo Strachey el principal defensor oficial de lo que se denominaba la política de expansión en el gasto público—, con el resultado inesperado de que mi fe, hasta entonces firme en la honestidad del Gobierno de la India como fiel guardián de los intereses nativos, quedó bruscamente sacudida.

Los siguientes extractos de cartas escritas por mí en aquella época desde Simla mostrarán cómo me afectaba este breve vistazo a la India en la sede central:

«Estoy decepcionado —escribí— con la India, que parece tan mal gobernada como el resto de Asia, solo que con buenas intenciones en lugar de malas o ninguna en absoluto. Hay exactamente los mismos impuestos abusivos, el mismo gobierno de funcionarios extranjeros y el mismo desperdicio de dinero que uno ve en Turquía, solo que, esperemos, los funcionarios son necios en vez de bribones. El resultado es el mismo, y no veo gran diferencia entre hacer que los hindúes hambrientos paguen una catedral en Calcuta y poner impuestos a los búlgaros para un palacio en el Bósforo. La indigencia devora a estos grandes Imperios en sus gobiernos centralizados, y la única forma de hacerlos prósperos sería dividirlos y dejar que los pedazos se gobiernen a sí mismos».

También a otro amigo, Harry Brand, miembro radical del Parlamento, ahora lord Hampden:

"Los nativos, como ellos los llaman, son una raza de esclavos, aterrorizados, infelices y terriblemente delgados. Aunque soy un buen conservador y miembro del Carlton Club, confieso sentirme horrorizado por la servidumbre egipcia en la que se les mantiene, y mi fe en las instituciones británicas y en las bendiciones del dominio británico ha recibido un duro golpe. He estado estudiando los misterios de las finanzas indias bajo los 'mejores maestros', secretarios del Gobierno, comisarios y demás, y he llegado a la conclusión de que, si seguimos desarrollando el país al ritmo actual, los habitantes tendrán, tarde o temprano, que recurrir al canibalismo, pues ya no quedará nada más que comerse los unos a los otros. No entiendo claramente por qué los ingleses les quitamos su dinero a estos hindúes hambrientos para construirles ferrocarriles que no quieren, carreteras de peaje, cárceles, manicomios y monumentos conmemorativos a sir Bartle Frere, y por qué insistimos en que alimenten, con sus miserables puñados de arroz, a inmensos ejércitos de policías, magistrados e ingenieros. No necesitan ninguna de estas cosas, y les hace mucha falta su arroz, como cualquiera puede ver al mirarles las costillas. En cuanto a la deuda que se les ha impuesto, creo que sería más honesto repudiarla, al menos como una deuda de la India. Nunca he podido ver la obligación moral que los gobiernos reconocen de tasar a la gente por las deudas que ellos, y no el pueblo, han contraído. Todas las deudas públicas, incluso en un país con autogobierno, son más o menos deshonestas, pero en un despotismo extranjero como el de la India no pasan de ser una estafa".

En conjunto, esta breve visita a la India, en la sede central, tuvo una influencia considerable en mí a la hora de dar forma a mis ideas sobre las cuestiones más amplias de la política imperial y de imprimirles la dirección que tomaron más adelante.

Todavía creía, aunque con fe moribunda, en las buenas intenciones, si bien ya no en los buenos resultados, de nuestro dominio oriental, y pensaba que este podía mejorarse y que la metrópoli exigiría que fuera mejorado si tan solo lo supiera.

Uno de mis últimos recuerdos de mi estancia de dos meses con Lytton en Peterhoff, como se llamaba entonces a la residencia virreinal en Simla, fue una cena en la que me senté al lado de Cavagnari la tarde antes de partir hacia su misión fatal en Kabul.

Era un hombre interesante, nieto, según me contó, de un comerciante veneciano que, cuando el ejército republicano francés ocupó Venecia, prestó una gran suma de dinero a Bonaparte, la cual nunca le fue devuelta. El Emperador, sin embargo, le recompensó haciendo a su hijo su secretario privado, quien se convirtió en un devoto partidario de la familia imperial.

Lewis Napoleon Cavagnari, el nieto, era también un firme bonapartista y creía que, debido a su nombre, le aguardaba un destino muy elevado. Tenía fe en su "estrella", y puedo dar fe de que, en su charla conmigo aquella noche —que fue larga e íntima—, lo último en lo que parecía pensar era en el fracaso o el peligro de su misión.

Sin embargo, pocos días antes debió de recibir una advertencia con la trágica noticia, de la que también hablamos, de la muerte del Príncipe Imperial en Sudáfrica.

Cuando nos despedimos, fue con el compromiso por parte de mi esposa y mío de que iríamos en otoño a visitarle a Kabul. "Sin embargo, no debéis venir antes de otoño —dijo—, porque no tendré la Residencia cómoda ni en condiciones para recibir a damas". De cualquier razón más peligrosa no nos dio la menor pista.

Otro conocido de entonces, con cuya historia se vincula un trágico desenlace, fue Colley, a la sazón secretario militar de Lytton, quien al año siguiente habría de morir en la colina de Majuba. Lytton tenía el concepto más alto posible de su talento militar y, entre ambos, habían dirigido en gran medida la campaña afgana desde Simla. Su defecto era, a mi juicio, un exceso de autoconfianza y demasiada ambición. Ocupó Majuba porque no soportaba permitir que la campaña terminara sin cosechar algún éxito personal.

Melgund de nuevo, que ahora es lord Minto, Pole-Carew y Brabazon, ayudantes de campo de Lytton, estaban los tres, junto con lord Ralph Kerr, entre nuestros amigos de aquel tiempo, además de Plowden y Batten, los maridos de sus dos bellas esposas.

Hicimos el viaje de regreso desde Bombay en compañía de Melgund y la del mayor Jack Napier, partiendo de la India el 12 de julio en pleno monzón y llegando a Suez el 25, y ese mismo día en tren hasta Alejandría.

Creo que fue en Adén, al pasar hacia el mar Rojo, cuando conocimos la gran noticia del día en Egipto, la deposición del jedive Ismail, motivo para nosotros de gran regocijo, y apenas llegué a Alejandría supe los detalles completos de su participación en el asunto por aquel otro íntimo amigo de mis días diplomáticos, Frank Lascelles, a quien encontré ejerciendo como cónsul general en la Agencia Británica. Lo que me contó no difiere mucho de la versión publicada oficialmente, y no necesito repetirla aquí.

Lo que, sin embargo, no es generalmente conocido es el papel que desempeñaron en ello los Rothschild, algo que Lascelles no sabía en aquel momento, pero que supe más tarde por medio de Wilson.

Wilson, en efecto, pudo presumir de que gracias a ellos había obtenido su plena venganza. A su regreso, me contó, de Egipto, abatido y abandonado por su propio Gobierno, había acudido directamente a los Rothschild en París y les había expuesto el peligro que corría su dinero debido al giro que habían tomado los acontecimientos en El Cairo y Alejandría.

El jedive tenía la intención de repudiar toda su deuda y ampararse para ello proclamando un gobierno constitucional en Egipto. Si no impedían esto, todo se perdería. Así logró alarmar a los Rothschild y conseguir que utilizaran la inmensa influencia política que poseían en favor de una intervención activa.

Al principio, sin embargo, habían tirado de los hilos tanto en Downing Street como en el Quai d'Orsay en vano. El Gobierno inglés ya no estaba de humor para intervenir, pues se le habían presentado problemas en Sudáfrica; y en París, también, había una renuencia similar.

Desesperados por sus millones, los Rothschilds hicieron entonces súplicas en Berlín a Bismarck, quien desde sus días en Fráncfort había extendido cierta protección displicente a la gran casa hebrea, y no en vano. Se les dio a entender a los Gobiernos francés e inglés por medio del entonces todopoderoso Canciller que, si no podían intervenir eficazmente en Egipto en interés de los tenedores de bonos, el Gobierno alemán haría suya la causa.

Esto zanjó el asunto, y se acordó que, como la forma menos violenta de intervención, se le solicitaría al Sultán que depusiera a su vasallo, demasiado recalcitrante.

Hasta el último momento, Ismaíl se negó a creer que la Puerta, a la que había colmado de tantos millones y a la que seguía apelando con dinero en mano —pues tenía tesoros ocultos—, fuera a abandonarle. La presión de Europa era demasiado fuerte. Wilson afirma que se le sometió la cuestión del sucesor de Ismaíl, a elegir entre Halim, a quien el Sultán prefería con creces, y Tewfik, y que se decidió a favor de este último por saber que tenía un carácter débil y era, por tanto, un instrumento político más conveniente.

Pero, sea como fuere, el telegrama fatídico fue despachado para transmitir a Ismaíl la noticia de su caída y de que sus funciones virreinales habían pasado de él a su hijo.

Había sido desagradable deber de Lascelles comunicar la noticia al viejo tirano de dieciocho años irresponsables y ruinosos. Fiel a su hábito rapaz, su último acto había sido agotar la cuenta corriente del tesoro y reunir todos los objetos de valor sobre los que pudiera poner las manos en cualquier parte, para retirarse así a su yate, el «Mahroussa», con un botín final de sus súbditos egipcios que ascendía, según se dice, a tres millones de libras esterlinas. A nadie le había importado obstaculizarle ni indagar, ni pedirle que se quedara ni siquiera por una hora.

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