Hace veinte años, las estadísticas mostraban que el 80 por ciento del llamado güisqui embotellado en los Estados Unidos era güisqui de imitación.
El químico jefe Wiley, cuya preocupación no era la cantidad sino la calidad, aportó el dato de que «más de la mitad del güisqui en este país era güisqui compuesto. Menos de la mitad era genuino; y aunque por lo general le mezclan un poco de güisqui viejo, a menudo lo venden pura y simplemente tal como es, un güisqui que no tiene derecho a ser llamado güisqui según el verdadero significado de ese término».
Pero todo aquello era solo un comienzo. Llegó el momento en que la visión de un gran cártel de licores se gestó en ciertas mentes de este país. Se planeó barrer tanto las buenas como las malas marcas para meterlas en una sola gestión común —cuyo control el lector a estas alturas ya sospechará— y así no solo capitalizar la reputación que los antiguos destiladores estadounidenses se habían ganado a lo largo de años de destilación honesta, sino utilizar los nombres comerciales de los productos puros como máscara para un alud de licor deshonesto que dejó a su paso una estela de suicidios, locura, crimen y ruina social.
Esto, junto con el testimonio independiente sobre la dirección judía de todo ello, constituirá la materia de un relato aparte.
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Número del 17 de diciembre de 1921.