siglos. Si hoy se pronunciara tal elogio, se sospecharía —con muy probable y atinado fundamento— que el emisor está a sueldo de los «húmedos». Porque la vil sustancia que la civilización arrojó no es en absoluto el vino de la costumbre popular y de la estimada tradición secular.
Sin embargo, no le resulta difícil ni siquiera a un hombre moderno comprender el hecho de que existía un arte en la elaboración de vino y bebidas espirituosas, arte del cual los hombres se enorgullecían. Ese arte requería tiempo, experiencia y amor por la buena calidad.
Es un poco difícil hablar de este arte en relación con el güisqui —siendo el vino una palabra más poética—, sin embargo, es un hecho sabido que tres lugares en el mundo han dedicado a la producción de güisqui el mismo espíritu que Francia y Portugal dedicaron a sus vinos. Estos tres distritos son Glenlivet en Escocia, la región de Dublín en Irlanda y la región de Blue-Grass en Kentucky. ¿Por qué en estas tres regiones? Primero, porque había hombres —no judíos, por supuesto— que estaban dispuestos a esperar diez años para producir un buen artículo. Segundo, las aguas de estas regiones son de una calidad bellamente adaptada para la elaboración de productos puros. El güisqui puro, debe recordarse, es un producto vegetal madurado por fuerzas naturales y ninguna otra. Grano, agua y tiempo —sin añadir siquiera calor artificial, ni ninguna otra cosa— completan el mejor producto de güisqui.
En otros tiempos en América había hombres tan selectos con sus whiskies como con sus caballos o sus libros. Existía entonces algo llamado calidad. Pero no existía tal cosa como el delirium tremens. Eso vino después, con la desaparición del whisky puro.
Raras veces un destilador se hacía rico; estaba demasiado absorto en mantener la calidad de su producto, y eso consumía mucho tiempo.
Había ciertas marcas conocidas a nivel nacional debido a su suavidad y pureza; el vino más puro de las uvas más selectas, envejecido en las