que él. Cuatro de estos judíos admitieron que no habían asistido a la conferencia, y uno ni siquiera había oído hablar del Dr. Carter antes. El ministro estaba solo. Sin saber qué se traía entre manos, y sin que se le hubiera dicho que trajera testigos que hubieran escuchado su conferencia, allí estaba él: un gentil solitario ante un tribunal judío.
La delegación judía estaba encabezada por cierto rabino C. H. Levy, a quien se denominaba secretario de la Junta de Ministros Judíos, una unión de rabinos vinculada a la Kehillah de Nueva York, la cual forma parte del sistema general de espionaje de la judería estadounidense.
El rabino Levy admitió que no había asistido a la conferencia específica objeto de la queja, ni a ninguna otra del ciclo, pero declaró que estaba allí para «representar a mi pueblo».
Pues la «gente» del rabino Levy estaba bastante bien representada.
Allí casi no había otro tipo de gente, a excepción del clérigo cristiano que estaba siendo juzgado por decir la verdad sobre la opinión pública, y la opinión judía en particular, acerca del judío ruso.