con extranjeros varados en un país extraño le permitieron comprenderme.
Aquella noche me llevó a su miserable cuartito detrás de una tienda de ultramarinos en el Gueto.
Después de cenar fue a la puerta de la calle y llamó a los vecinos desde los portales. Los llamó por sus nombres de pila y yo recité el kaddish por mi padre mientras ellos permanecían de pie entre los barriles de encurtidos.
Desde entonces he vivido entre judíos, judíos de verdad.
He aprendido que bajo el arrapiento abrigo de un vendedor ambulante puede latir un corazón de oro, y que un pobre vendedor de botones de cuello o tirantes puede ser un estudiante del Talmud con una mente que es un regalo de los dioses.
Abandonar la bullidora, moderna y mundana vida del Broadway alto para adentrarse en la atmósfera religiosa de las numerosas escuelas de literatura judía del East Side entraña un violento contraste de condiciones.
Ver los rostros profundamente surcados y marcados por el tiempo de los venerables ancianos absortos en su querido Talmud es vislumbrar otro mundo: un mundo de resignación, paz y amor.
A poca distancia del tráfico estruendoso de Broadway, me quedé contemplando las figuras encorvadas dedicadas al estudio y la oración. Mientras miraba, las sórdidas paredes de la habitación sumida en la pobreza se desvanecieron ante mi vista, y en su lugar vi (con los ojos de mi imaginación) el muro de las lamentaciones de Jerusalén o alguna ruina de la Ciudad Santa, un telón de fondo más adecuado para aquellas figuras rabínicas tan extrañamente fuera de lugar en la agitada Norteamérica.