El segundo es discutible, pero no está ni mucho menos descartado, especialmente para los judíos. En estas cuestiones los judíos son mucho más sabios que los llamados cristianos.
Existe entre los judíos «la ley del hermano» y «la ley del extranjero». La «ley del extranjero» permite varias cosas importantes que la «ley del hermano» prohíbe.
Los judíos han estado tratando al resto del mundo, a menudo intencionadamente, a veces de manera natural, según la «ley del extranjero». Esta es una de las influencias que ha contribuido a solidificar la judeidad frente al resto del mundo.
Supóngase que debiera demostrarse que las personas en cuyas tierras los judíos nunca han sido perseguidos, las personas de aquellas tierras a las que los judíos nunca han sido «expulsados», sino a las que han llegado con esperanza y alegría, no son «extranjeros» ni deben ser tratadas como «extranjeros» y, lejos de ser «extranjeros», son en realidad los líderes y gobernantes de esa corriente de influencia ética de la cual los judíos, de no ser por su deslealtad a su destino, habrían podido ser una parte importante.
Supóngase que debiera demostrarse que Judá, la parte «impulsada» de Israel, ha estado atacando ciegamente a la parte «guiada» de Israel. Supóngase que debiera demostrarse que Judá no es el Israel sobre el cual ha de recaer un gran destino, sino una pequeña parte de ese Israel y ni siquiera una parte participante, hasta que «regrese, regrese, regrese».
Si estas cosas llegaran alguna vez a apoderarse de la intensificada conciencia de Judá, como hechos, se produciría tal cambio en la sociedad humana en general, tal cambio en la situación judía en particular, que un retorno a Palestina resultaría una mera excursión de verano en comparación.
Los judíos están pensando en estos mismos asuntos ahora.