En ese incidente el lector verá que (¡por más difícil que le sea al no judío comprenderlo!), existe un afecto profundamente arraigado y sentimental hacia el «Kol Nidre» que lo convierte en una de las posesiones más sagradas para el judío.
Por indefendiblemente inmoral que sea el «Kol Nidre», por más destructivo que resulte para toda confianza social, aun así, los más fervientes esfuerzos de unos pocos judíos verdaderamente espirituales han fracasado por completo en su intento de eliminarlo de los libros de oraciones, salvo en unos pocos casos aislados.
La música del «Kol Nidre» es famosa y antigua. No hay más que remitirse al artículo «Kol Nidre» en la Jewish Encyclopedia para ver el dilema del judío moderno: no puede negarlo; no puede defenderlo; no puede renunciar a él. El «Kol Nidre» está aquí, y permanece.
Si la plegaria fuera una petición de perdón por los votos rotos del pasado, los seres humanos normales podrían comprenderla perfectamente.
Votos, promesas, obligaciones y compromisos se rompen, a veces por debilidad de voluntad para cumplirlos, a veces por motivos de olvido, a veces por la pura incapacidad de hacer aquello que creíamos poder hacer.
La experiencia humana no es ni judía ni gentil en ese aspecto.
Pero la oración es un santo aviso previo, dado en el secreto de la sinagoga, de que ninguna promesa en absoluto será vinculante, y más que no ser vinculante, es allí mismo y en el acto violada antes de ser hecha jamás.
El alcance de la oración es «desde este día de la expiación, hasta el próximo día de la expiación».
La oración mira por entero hacia el futuro: «nos arrepentimos, de antemano, de todos ellos».