las comunidades de los estados más modernos de Europa y América.*”
La idea no es en absoluto infrecuente: que grandes infusiones de «judíos reales» de los guetos del Viejo Mundo son deseables y necesarias para mantener vivo el judaísmo en países como Estados Unidos.
Israel Friedlaender, cuyo nombre es hoy objeto de singular honor entre los judíos, y con justa razón, era un hombre de intelecto muy ilustrado, y él también reconoció el servicio de la corriente del gueto para el judaísmo.
En su conferencia, “El problema del judaísmo en América”, habla sobre la tendencia des judaizante de la libertad absoluta, tal como el judío siempre ha disfrutado en los Estados Unidos. Esta tendencia, dice, se corrige de dos maneras: por las influencias antisemitas y, “por otra parte, por la gran corriente de la emigración judía que, partiendo de las tierras de opresión hacia las tierras de libertad, lleva consigo, en la superficie o bajo ella, las influencias preservadoras y revivificadoras del gueto”.
La misma autoridad, en un artículo titulado «La americanización del inmigrante judío» (The Americanization of the Jewish Immigrant), prefiere francamente al judío recién salido del gueto que al judío influenciado por la vida estadounidense.
Él dice que «prefiere al judío anticuado, ataviado con un caftán, de aspecto poco atractivo y modales torpes, cuya vida entera está dominada por los ideales y mandatos de una religión y civilización ancestrales *** a esa criatura modernizada y anfibia, al "dgentleman" vulgar y sin cultura, de atuendo llamativo, que usa jerga, masca chicle, visita el cine, busca dólares y está casi americanizado».
El «judío anticuado y ataviado con caftán» de quien escribe el señor Friedlaender es el judío polaco, de los cuales 250.000 están llegando a