Cuando dos comediantes judíos que se han estado entregando a payasadas siempre vulgares y a menudo indecentes, aparecen ante el telón de boca y cantan el encantamiento yidis «Eli, Eli», el cual, por supuesto, resulta incomprensible para la mayor parte del público, el elemento judío siempre delata un grado máximo de entusiasmo. Comprenden el juego que se está jugando: los «gentiles» son fustigados en su propia cara y no lo saben; como cuando un comediante yidis derrama invectivas escandalosas contra el nombre de Jesucristo y «se sale con la suya», ¡mientras la porción judía de su audiencia aúlla de deleite y los «gentiles tontos» observan serenamente y sienten que es de buena educación reír y aplaudir también!
Este canto yidish es el grito de guerra del odio racial que está siendo propagado por órdenes de los líderes judíos.
Usted, si es aficionado al teatro, ayuda a pagar los gastos de recibir una buena tanda de maldiciones.
La Kehilá y el Comité Judío Americano, que durante más de diez años han estado expulsando toda mención al cristianismo de la vida pública bajo su lema «Esto no es un país cristiano», están difundiendo su propio tipo de judaísmo por todas partes con una insolencia sin parangón.
«¡Eli, Eli!» ¡No es un himno religioso! Es un grito de guerra racial. En los bajos cafés de Nueva York, donde se reúnen los judíos bolcheviques, «¡Eli, Eli!» es su canción. Es la Marsellesa de la solidaridad judía. Se ha convertido en el cántico fanático de todos los clubes bolcheviques judíos; se escucha constantemente en las cafeterías y los cafés cantantes judíos, donde los judíos rusos y polacos —emocionales y todos enemigos de todo gobierno— gritan las palabras en medio de una emoción torrencial. Cuando uno ve el himno en cuestión, queda totalmente desconcertado al no comprender la emoción que despierta.