La libertad del judío balcánico frente al hambre y el sufrimiento que afligen a los pueblos nativos se expresa vívidamente en las palabras de un estadounidense:
“Nuestro barco es el primero en entrar a Libau en una misión pacífica desde la guerra, eso dicen. De cualquier modo, nuestra llegada ha causado un gran revuelo, debido al cargamento de comida que traemos para esta gente.
Por ahora estamos amarrados a un muelle, en un arroyo estrecho que parece ser también una cloaca. Descargar nuestra harina es una labor delicada, debido a la terrible hambre de la multitud que nos observa. Cada vez que se rompe un saco, la gente se pelea por recoger la harina suelta, la cual meten en latas junto con una buena porción de suciedad que viene mezclada... Todos tienen una lata y al mediodía hubo casi un motín por un cubo de cáscaras de papa que arrojaron al agua. La gente ató cuerdas a sus latas y pescó las cáscaras. Se quedan todo el día rogándonos comida... No es un espectáculo muy agradable esta multitud de hombres y mujeres demacrados y de rostros pálidos, y niños de ojos grandes.
“Lo más maldito de todo es la docena de judíos que aletean como urracas entre la multitud. Son jóvenes, blandos, bien arreglados y prósperos. Llevan bastones, sombreros de paja nuevos y se parecen a los que uno ve en los Estados Unidos. No tienen nada en común con la otra gente. Tienen dinero, y de sobra, y parecen pensar que este barco es el carrito ambulante de un buhonero y una tabaquería. Se acercan a la pasarela y agitan billetes británicos de cinco libras en el aire, ofreciéndolos a cambio de un cartón de cigarrillos. O tienen relojes de oro que cambiarán por unas pocas libras de jabón. Por las miradas con que los distinguen los demás, no me extraña que oigamos hablar de