“El embajador Page, por entonces director del Atlantic, me comentó en una ocasión: «El tipo más interesante de Estados Unidos es el judío, pero no escribas sobre judíos; sin pretenderlo, podrías precipitar la calamidad que Estados Unidos debería estar más ansioso por evitar: me refiero a la judeofobia»”.
Esa es una afirmación extraña. No se debe escribir sobre los judíos. Escribir sobre ellos, incluso con buena intención, puede acarrearles el mal.
No solo una afirmación extraña, sino una situación extraña. Mencionar al judío siempre ha sido peligroso para el no judío; pero ¿por qué también es peligroso para el judío?
La explicación judía del antisemitismo, según la cual está en la sangre de las otras razas, que en cuanto ven a un judío lo odian, no se puede defender. La mayoría de los no judíos pueden dar fe de que esto no es cierto en su caso. Pero es una condición de lo más sorprendente que incluso la mera mención de los judíos despierte este sentimiento. ¿Por qué habría de hacerlo?
Sin embargo, la afirmación carece de un valor de verdad fiable.
El judío mismo debería ser el primero en protestar por tener que ir camuflado todos sus días. Debería acoger con agrado el uso de su nombre racial definitivo, y no debería exigir que se emplee siempre en contextos laudatorios. Un judío no debería ser judío cuando es elegido para el Senado de Estados Unidos, y un «ruso» o un «polaco» cuando le atrapan haciendo contrabando de alcohol. Debería aceptar la suerte de la vida junto con las demás razas, y esta se le presentaría sin discriminación si él no despertara primero el espíritu de discriminación al insistir en recibir un trato de favor.