Nueva York, se habían adueñado de la educación estadounidense en su origen. El grupo de judíos que juzgaba al Dr. Carter tenía el control de la educación de los cristianos con tanta serenidad como si fueran un tribunal soviético reunido en Moscú. ¡Habían logrado expulsar todo lo cristiano de las escuelas; habían logrado introducir las loas más nauseabundas a su propia raza; aguardaban con ilusión que se enseñara el judaísmo como la moralidad universal!
Se reveló además que este ministro cristiano había sido uno de los hombres que habían predicado a favor de los judíos. Había sido uno de esos personajes públicos con los que los líderes judíos podían contar para responder con la generosidad cristiana típica. Había asestado golpes contra los prejuicios raciales. Había alabado a la raza judía y a sus principales figuras. Había interpretado su influyente dominio como la recompensa de la diligencia y la capacidad. Había tronado contra lo que los informes judíos le habían llevado a creer que era «el Crimen de Chisináu». Y por ello había sido debidamente felicitado por la Sociedad de Publicación Judía, entre otros. PERO ahora había dicho una palabra de verdad que a los judíos les disgusta, y estaba ante ellos para ser juzgado y condenado.
En el curso del interrogatorio se puso de manifiesto que había sido ciudadano de los Estados Unidos durante treinta años, habiendo llegado a este país procedente de Inglaterra a la edad de 15 años. Al parecer, el rabino Levy pasó por alto el hecho en su totalidad, captando únicamente el hecho de que el doctor Carter había nacido en Inglaterra.
—¿Puedo preguntar si el caballero es o no ciudadano de los Estados Unidos? —dijo el rabino con el aire de quien está revelando inocentemente un gran escándalo.
—Me hice ciudadano hace más de treinta años, en cuanto la ley me lo permitió; como confío en que lo hizo usted —fue la estocada directa del doctor Carter.