derramar desprecio sobre todos los hitos cristianos, llenando al mismo tiempo el vacío con ideas revolucionarias judías.
La influencia de la gente común es expulsada de las escuelas públicas, a donde la influencia de la gente común puede llegar; pero se permite que la influencia judía campee a sus anchas en las instituciones superiores a donde la influencia de la gente común no puede llegar.
Seculariza las escuelas públicas, y podrás entonces
judaizar las universidades.
Este es el «liberalismo» que los portavoces judíos aplauden con tanto entusiasmo. En los sindicatos, en la iglesia, en la universidad, ha teñido los principios del trabajo, de la fe y de la sociedad. Esto no será negado, porque la prueba de ello está demasiado marcada en las actividades y declaraciones judías.
En efecto, es al ejercer estas mismas influencias como el judaísmo se convence de que está cumpliendo su «misión» en el mundo. El capitalismo atacado es el capitalismo no judío; la ortodoxia atacada es la ortodoxia cristiana; la sociedad atacada es la forma de sociedad anglosajona, todo lo cual, mediante su destrucción, redundaría en gloria del judaísmo.
La lista podría ampliarse: la influencia de la idea judía en el deporte y el ocio anglosajones, en la idea anglosajona-celta del patriotismo, en la concepción anglosajona-celta de las profesiones liberales; la influencia de la idea judía se extiende a lo largo de cada departamento de la vida.
«Bueno —se oyó decir a un editor anglosajón muy gravemente engañado, enredado en contratos publicitarios judíos—, si los judíos pueden salirse con la suya, entonces tienen derecho a hacerlo». Es una variante de la «respuesta» de origen judío, que reza así: «¿Cómo van a