bodegas mejor adaptadas, no era más suave ni más puro. Hay nombres que perduran hasta el día de hoy —Pepper, Crow, Taylor y otros—, nombres de hombres que se tomaron el tiempo y las molestias, cuyos nombres se convirtieron en «marcas» que garantizaban calidad y pureza. Estos hombres eran destiladores en el verdadero sentido, no fabricantes ni mezcladores, sino destiladores en una época en la que destilar era tanto una ciencia como un arte, y no un mero nombre para encubrir un fraude gigantesco al público.
En el futuro, cuando la justa indignación moral del pueblo permita estudiar los pasos por los cuales la reputación del güisqui llegó a su actual decadencia, se verá cuánto mejor habría sido, cuánto más eficaz y esclarecedor, si el ataque al güisqui hubiera incluido una denuncia de los hombres que habían expulsado al güisqui del país y vendían veneno puro como sustituto.
El saloon, el cervecero, el hombre que consumía bebidas alcoholizadas fueron convertidos en blanco de los ataques; los judíos que desmoralizaron todo el negocio siguieron acumulando sus enormes e ilegítimas ganancias sin que siquiera se revelara su identidad.
El whisky dejó de ser whisky y la cerveza se pareció cada vez menos a la cerveza; los resultados sobre la humanidad se volvieron evidentes y deplorables. Así que la sociedad aumentó la tarifa de las licencias e incrementó las restricciones. Para hacer frente a esto, los mezcladores judíos produjeron alcoholes aún más baratos y mezclas todavía más perjudiciales. Las licencias subieron y la calidad bajó; los mezcladores judíos obtenían siempre un margen de ganancia mayor. Y a lo largo de la larga, larguísima lucha, nadie, con una o dos excepciones notables, tuvo el sentido común y el valor de señalar con el dedo a la sólida falange racial alineada detrás de toda esa podrida combinación.