Ha habido motivos justificados, sin embargo, para que los judíos cambien sus nombres en Europa. El nacionalismo de ese continente es, por supuesto, intenso, y los judíos son una nación internacional, dispersa entre todas las naciones, con la envidiable reputación de estar dispuestos a explotar para fines judíos la intensidad nacionalista de los gentiles.
Para calmar una sospecha albergada en su contra dondequiera que hayan vivido (una sospecha tan general y persistente que solo puede explicarse bajo el supuesto de que estaba abundantemente justificada), los judíos se han apresurado a adoptar los nombres y los colores del país en el que les toque vivir.
No cuesta ningún trabajo cambiar de bandera, ya que ninguna de las banderas es la insignia de Judá. Esto se vio en toda la zona de guerra; los judíos izaban la bandera que fuera conveniente en el momento y la cambiaban tan a menudo como la marea cambiante de la batalla lo requería.
Un judío polaco llamado Zuckermandle, al emigrar a Hungría, estaría deseoso de demostrar que se había quitado de encima la lealtad polaca que su apellido pregonaba; y la única manera de lograrlo sería cambiar su nombre, el cual muy probablemente se convertiría en Zukor, un apellido húngaro perfectamente válido.
Originalmente los Zukor no eran judíos; ahora lo habitual sería suponer que lo son. En los Estados Unidos sería casi una certeza.
Un cambio como el que haría el señor Zuckermandle, sin embargo, no tendría como propósito ocultar el hecho de que era judío, sino únicamente ocultar el hecho de que era un judío extranjero.
En los Estados Unidos se ha descubierto que los judíos cambian sus nombres por tres razones: