Así, Benedict Arnold entra en contacto con otro miembro de la familia Franks, cuyo nombre habría de quedar tan estrechamente asociado a la gran traición.
Y ahora comienza un curso serpentino de idas y vueltas que resulta tan deliciosamente judío que vale la pena reiterarlo, aunque sólo sea para mostrar cuán fiel permanece la raza a su carácter a través de los siglos.
Es en octubre, alrededor del undécimo día del mes. Franks es encarcelado y permanece una semana. ¡Entonces, mediante un extraño razonamiento, se descubre que Estados Unidos no tiene jurisdicción sobre el cargo de traición contra los Estados Unidos (!) y que el prisionero debe ser entregado al Consejo Ejecutivo Supremo del estado de Pensilvania. ¡De ello se deduce que el estado de Pensilvania tampoco tiene nada que ver con el delito de traición contra los Estados Unidos, y a pesar del contenido de las cartas y las conclusiones del Comité del Congreso al respecto, David Franks sonríe amablemente y queda en libertad!
Era una época, por supuesto, en la que los judíos prestaban mucho dinero a los funcionarios públicos. Al judío Haym Salomon se le atribuía tener a la mayoría de los «padres» en sus libros de contabilidad, pero no les cobraba ni intereses ni capital. Sin embargo, se hizo inmensamente rico y fue receptor, en lugar de intereses y reembolsos, de muchos favores oficiales. David Franks, que también era un hombre rico, acusado de traición, ve su caso transferido y finalmente desestimado. Es un truco que no es desconocido hoy en día.
Los registros judíos le conceden mucho mérito al señor Franks por no haberse dejado intimidar por esta experiencia. Si merece un mérito particular por su valor cuando disponía de tanta influencia, es un asunto que el lector debe decidir, pero que no se desanimó lo demuestran sus acciones posteriores. Muy pronto aparece de nuevo en los registros con una solicitud para que su secretario pueda ir otra vez a Nueva York, dentro de las líneas