una nación
Nuestra legislación relativa a la observancia del domingo es tal cúmulo de absurdos e incongruencias que sobre ella puede afirmarse casi cualquier cosa, excepto la idea de que nuestros legisladores estén imbuidos de la noción de que hay algo sagrado en ese día.
Según los puntos de vista de cualquier sector de la iglesia cristiana, los actos que he enumerado como permitidos serían considerados pecaminosos. Su legalidad ante los ojos de la ley es la demostración de que los decretos prohibitivos relativos al domingo son simplemente normativas policiales, y debería ser el esfuerzo de todo buen ciudadano estadounidense liberalizar aún más nuestra legislación dominical, de modo que deje de ser el manto de la hipocresía.
Como último recurso, se nos dice por parte de nuestros oponentes que este es un gobierno cristiano porque la mayoría de nuestros ciudadanos son adeptos a la fe cristiana; que este es un gobierno de mayorías, porque el gobierno significa fuerza y las mayorías representan la preponderancia de la fuerza. Esta es una doctrina de lo más peligrosa....
Si ha de cuestionarse el cristianismo de los Estados Unidos, la última persona en iniciar dicha investigación debería ser un miembro de aquella raza que no tuvo parte en la creación de la Constitución ni en la edificación del país. Si las oraciones cristianas en público son una burla hueca y las leyes dominicales irrazonables, la última persona en el mundo en oponerse a ellas debería ser un judío.
El Sr. Marshall tiene la ventaja de ser estadounidense de nacimiento. Nació en Syracuse, Nueva York, en 1856, hijo de Jacob y Zilli Marshall. Tras ejercer la abogacía en Syracuse, se estableció en Nueva York, se convirtió en un abogado corporativo de Wall Street y su país natal le ha proporcionado generosos medios para amasar una gran fortuna.