El tipo de mente creativa y constructiva siente afecto por lo que está haciendo. Antiguamente, el trabajador no judío elegía el trabajo que más le gustaba.
No cambiaba de empleo fácilmente, porque existía un vínculo entre él y el tipo de trabajo que había elegido. Nada más le resultaba tan atractivo.
Prefería ganar un poco menos de dinero y hacer lo que le gustaba, antes que un poco más y hacer aquello que le fastidiaba. Al «creador» siempre lo mueve de este modo su inclinación.
No ocurre lo mismo con el «acumulador». No importa lo que haga, siempre que los ingresos sean satisfactorios. No tiene ilusiones, sentimientos ni afectos en lo que respecta al trabajo. Lo que cuenta es el «geld» (el dinero). No tiene apego por las cosas que hace, pues no hace ninguna; comercia con las cosas que otros hombres hacen y las considera únicamente por su valor generador de dinero. «La alegría del trabajo creador» no significa nada para él, ni siquiera es una frase inteligible.
Ahora bien, antes de la llegada de las ideas socialistas y subversivas judías, el pensamiento predominante en el mundo obrero era «hacer» cosas y así «ganar» dinero.
Había un orgullo entre los mecánicos. Los hombres que hacían cosas constituían una raza robusta y honesta porque trataban con ideas de habilidad y calidad, y sus propios caracteres se formaban por la satisfacción de haber desempeñado funciones útiles en la sociedad.
Eran los Creadores. Y la sociedad era sólida mientras ellos fueran sólidos.
Los hombres hacían zapatos como muestras de su destreza. Los agricultores cultivaban cosechas por el amor intrínseco a las cosechas, no en función de mercados financieros lejanos. En todas partes, El Trabajo era lo principal y el resto era accesorio.