Se ha demostrado cómo el negocio del güisqui estadounidense se volvió judío. Los destiladores de güisqui puro, que requería años para elaborarse, fueron desplazados por los fabricantes de licores drogados y químicamente tratados que podían hacerse en tres o cuatro horas.
Estos últimos, al ser más baratos y embriagadores, usurparon el mercado de tal manera que el público nunca supo que aquello no era güisqui. Había robado el nombre de güisqui, y bajo ese nombre la justa indignación del pueblo lo prohibió; y bajo ese nombre sigue siendo vendido por los bootleggers con un incremento del 1.000 por ciento.
El uso de la etiqueta fraudulenta no es nuevo, no es un producto de los días de la Prohibición; comenzó con la llegada del capital judío al negocio de los licores. El güisqui, elaborado cuidadosa y científicamente, purificado mediante largos años de reposo en el almacén, era un producto estadounidense; el «ojo rojo», la «sustancia de cuarenta varas», el «mata-a-todos» y el «güisqui de ardilla», mezclados y vendidos el mismo día, eran productos judíos.
La Ley de Alimentos Puros entró en la lucha para proteger a la industria estadounidense, pero fue burlada a cada paso. El licor malo se encontraba en un estado tan profundo de desgracia pública que la gente prestaba poca atención a los esfuerzos del químico jefe Wiley. Pensaban que cuando decía «whisky» se refería a la porción que ellos conocían como «whisky», y lo ignoraban. La degeneración del negocio de licor se hizo cada vez más profunda, para asombro tanto de sus amigos como de sus enemigos, y nadie tenía la clave