Inmediatamente el asunto salió en los periódicos y se armó el alboroto de costumbre: los escritores judíos lanzando amenazas a la ligera; ¡unos cuantos estadounidenses tímidos preguntando a dónde iba a parar Nueva York!
Un periódico sacó un editorial estadounidense defendiendo el derecho a la libertad de expresión, pero cambió algo de tono al recibir un diluvio de protestas judías amenazando al periódico con el descontento de los judíos.
Un hombre de menor capacidad y de inferior categoría que el Dr. Carter podría haberse visto abrumado por la tormenta. Pero al fin había dado con roca firme y allí se mantuvo.
En ese entonces no se le conocía por haber dicho nada perjudicial sobre los judíos, y tampoco se sabe que haya hecho comentarios posteriores sobre su experiencia. Es decir, al ser atacado por los judíos, no se sabe que los haya atacado a su vez.
Es muy posible que se le indujera a repetir el numerito de Madison C. Peters y a hablar en alabanza de ellos, prodigándoles la habitual adulación que ellos mismos prepararon en un principio para nuestro consumo.
Pero a pesar de todo, él ha sido, sin culpa alguna por su parte, el blanco de la política vindicativa que persigue al que dice la verdad. Puede que le resulte desagradable al Dr. Carter que su historia sea contada de este modo, pero si reanuda sus estudios sobre la historia y el carácter del Judío Internacional, hallará en su propia experiencia un valioso comentario al respecto.