oído un disparo. Y, sin embargo, ahí estaba el hombre muerto y allí la bala del revólver, que se había achatado, como suelen hacerlo las balas de punta blanda, causando así una herida que debió de provocar la muerte instantánea. Tales eran las circunstancias del misterio de Park Lane, que se complicaban aún más por la total ausencia de motivo, ya que, como he dicho, no se sabía que el joven Adair tuviera enemigos, y no se había hecho ningún intento de robar el dinero o los objetos de valor
Todo el día le di vueltas a estos hechos en mi cabeza, esforzándome por dar con alguna teoría que pudiera conciliarlos a todos, y por hallar esa línea de menor resistencia que mi pobre amigo había declarado ser el punto de partida de toda investigación. Confieso que avancé poco.
Por la tarde pasé por el Parque, y hacia las seis me encontré en el extremo de Park Lane que da a Oxford Street.
Un grupo de holgazanes en la acera, todos mirando fijamente a una ventana en particular, me indicó la casa que había venido a ver. Un hombre alto y delgado con gafas de colores, de quien sospechaba firmemente que era un detective de civil, exponía alguna teoría propia mientras los demás se agolpaban para escuchar lo que decía.
Me acerqué a él tanto como pude, pero sus observaciones me parecieron absurdas, así que me retiré de nuevo con cierta repulsión.
Al hacerlo tropecé con un hombre anciano y deforme que iba detrás de mí, y le tiré al suelo varios libros que llevaba. Recuerdo que, mientras los recogía, me fijé en el título de uno de ellos, El origen del culto a los árboles, y pensé que el tipo debía de ser algún pobre bibliófilo que, ya fuera como oficio o como pasatiempo, coleccionaba volúmenes oscuros. Intenté disculparme por el accidente, pero era evidente que aquellos libros que había maltratado de forma tan desafortunada eran objetos muy preciosos a los ojos de su dueño. Con un gruñido de desprecio, dio media vuelta y vi